Crónica crítica de un concierto sin acreditación

Jacobo Zabalo 22-12-2009

(Cecilia Bartoli en el Palau)

-Como el año anterior, el Palau de la Música debió llenarse para escuchar a Cecilia Bartoli, sin duda alguna la voz más original y potente del panorama musical. La mezzo cuenta con una personalidad arrebatadora y unas ganas de abordar el repertorio en toda su amplitud, más allá de las sendas comúnmente transitadas. Si en su momento reivindicó la obra de Antonio Salieri (que el marketing quiso poner a la altura de su supuestamente envidiado Mozart), y posteriormente se interesó por María Malibrán (primera mujer en destacar en el mundo de la ópera, en pleno romanticismo), Cecilia Bartoli ha venido trabajando en los últimos tiempos, junto con Il Giardino Armónico, las composiciones más virtuosas de los castrati, esos seres desgraciados en su privilegio, a quienes se obligó a potenciar una virtud no escogida.

El proyecto, fraguado en Valladolid junto a Giovanni Antonini, ha tenido una recepción excepcional. Precisamente en el Auditorio Delibes, en la mencionada ciudad, actuará la cantante italiana el próximo mes de mayo (en un ciclo soberbio, en que aparecen los nombres de Rinaldo Alessandrini o Edita Gruberova). Sorprende comprobar que allí, como en otros lugares, las entradas no superan en ningún caso los 70 euros, mientras que en el Palau de la Música la platea (y no sólo la platea) asciende a 175. Seguramente no se antoje apropiado hablar de economía en el marco de una crónica, pero lo cierto es que tampoco la crónica es tal; o, mejor -el lector avezado recordará el título- se trata esta de la crónica de un evento que no tuvo lugar para quien escribe. Caras las entradas, y caras también las acreditaciones para algunos de quienes se encargan de dar cuenta y difundir los eventos, sea en prensa o digitalmente (por cierto, horas antes del concierto todavía quedaban unas veinte entradas en platea). Así, la economía a la que antes se hizo referencia debe entenderse en sentido literal, como gestión de los recursos. La cuestión a plantear, en este punto, es si se puede acaso tener los precios más desorbitados de toda Europa, sin promover la difusión. Se da la situación siguiente, a priori paradójica: en lugares con mucha más tradición musical, y por tanto también más demanda, los precios son claramente inferiores y el tratamiento por parte de los medios recibe una relevancia mayor.

El problema en nuestras latitudes es que, precisamente porque lo que interesa es la difusión, una vez está asegurada (como en el caso de la Bartoli) sobra el trabajo de quienes se ocupan de pensar acerca de ello. Pensemos,... ¿cuál es la importancia real del crítico? Y vayamos un poco más allá del tópico, o de la versión viciada de dicha profesión: el crítico no evalúa ni dictamina a cara o cruz, es un absurdo, una simplificación muy confortable el asignarle la tarea de juez. Por su lado, el crítico reflexiona, trabaja un hecho artístico por medio del lenguaje para tratar de explicarse lo que hay de inexplicable en la experiencia estética. Las reflexiones pueden no conducir a conclusiones, pero abren la perspectiva de quien redacta, en primer lugar, y de quien lee, en segundo. Los grados de la interpretación son claros: al artista, el creador, le sucede el intérprete, y luego el intérprete del intérprete, sea bajo la forma de oyente, crítico o lector (estas tres figuras pueden, lógicamente, coincidir). Si es erróneo asignar el papel de juez al crítico, no menos lastimoso es acudir al evento musical con total pasividad, como mero entretenimiento.. Normalmente ambas consideraciones van juntas, y de algún modo se retroalimentan: el otro, el profesional, es el que ha de pensar, que yo he venido a relajarme. Cuando se pregunta por la interpretación a este perfil de oyente, acostumbra a mostrarse esquivo, alegando con airada autoridad que él no es un especialista. Representa esta respuesta una muestra de la tan popular y voluntaria minoría de edad, cínicamente establecida, que rehúye las profundas implicaciones del fenómeno artístico. El arte se vive interiormente como placer o displacer, ¿pero no representa algo más? La comprensión del arte, la vivencia estética es en mayor o menor medida revolución: una ocasión idónea para replantear el fundamento sobre el que se discurre. Renunciar al riesgo de esa libertad es cobarde e inhumano, y aún así frecuente, pues de todas partes llegan las voces del consumo, que apacigua a quienes también se contentan con consumir arte.

-El concierto de Cecilia Bartoli ejemplifica precisamente el éxito minoritario, lo cual confirma que la cultura para unos pocos sigue resultando rentable, siempre y cuando el producto se elabore en condiciones de exclusividad. Puede decirse que es una doble lástima: no sólo se dificulta el acceso a lo que en realidad es un bien común poniendo precios obscenos, sino que (según lo visto en el 2008, cuando sí pudo presenciarse el recital para piano y voz con protagonismo de la italiana) muchas de las personas que acceden al dispendio en eventos tan sonados como el reseñado no son siquiera asiduos del mismo Palau, ni tampoco de otras salas. Meros invitados a un espectáculo que se considera único, valorado por una cuestión de puro y vacío glamour. Lo cierto es que la cultura no interesa verdaderamente a casi nadie. Sin acritud ni intención moralizante debe reflexionarse al respecto, pues tampoco está demostrado que escuchar a Mozart haga mejores a las personas, ni tampoco la lectura de Kant o Nietzsche (hay quien razona que más bien todo lo contrario, tanto en relación con el primer filósofo como con el segundo). Pero sí, en cualquier caso, es un barómetro interesante, un medidor del estado de un país el cotejar la relevancia que se otorga a las actividades que, sin ser explícitamente lucrativas, representan una profundización en la conciencia individual y colectiva.

Desgraciadamente, la forma como se patrocina hoy en día la música clásica rebaja el nivel general, nos hace consumistas de poca monta. Opio más refinado que otros narcóticos pero igual de acomodaticio, juega un papel cómplice, profundamente antiartístico. Visto el panorama musical, ¿cuál es la propuesta? No sólo se trataría de favorecer el acceso a quienes no se lo pueden pagar, sino -mucho más importante- lograr operar un cambio de mentalidad para que el arte deje de entenderse como un coto reservado o un espacio de sospechosa espiritualidad, a modo de religión sustitutoria. Aquella "exclusividad" tan cotizada corresponde en realidad al género humano en su totalidad, por lo que resulta fundamental reparar en la implicación individual, en la participación y comprensión de uno mismo a partir de la vivencia artística. Si bien la experiencia estética será siempre inalienable (y no se puede ni debe imponer a golpe de ley a Beethoven, Brahms o Bruckner), es importante objetivar sin fisuras su valor; en otras palabras, promover una actitud permanentemente crítica y constructiva, que incluya también al espectador en la interpretación, deconstrucción o recreación del sentido.

 

Fotografia al Palau de la Música d'Antoni Bofill

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