No dar crédito / ¿Teatro del bueno?

Jacobo Zabalo 13-08-2011

Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams

Teatre Tívoli, 29 de julio de 2011

Festival Grec 2011

-Hay un único requisito sagrado para el crítico, aquel que -sin garantizarnos coincidencia en la apreciación estética o satisfacción a través de la experiencia lectora- lleva al lector a depositar un granito de confianza en su crítica, y leerla. Me consta que no todos los que se dedican a esta noble tarea lo cumplen siempre, y en este caso confieso que me uno al club, si bien de forma completamente indeseada y esporádica. El requisito -básico donde los hubiere- es el siguiente: hay que aguantar hasta el final del espectáculo que se presencia, el evento que se pretende reseñar con menor o mayor fortuna y aceptación por parte del lector y también, a veces, del creador o intérprete, verdaderos los protagonistas del hecho artístico. ¿Qué credibilidad, qué crédito merecería el crítico que, encontrándose acreditado, no presenciara la totalidad del espectáculo?

En realidad -pequeño excurso, antes de entrar en materia- eso de estar acreditado no fue el caso de quien escribe, pues los Sres. del Grec cuentan con un Departamento de Prensa muy selectivo con los medios que han de cubrir sus eventos. Cuatro o cinco grandes medios garantizan el feedback, y la propaganda masiva (sobre paredes de calles, colgando de farolas, en paneles del metro, proyectada en pantallas en el andén y hasta en los monitores que hay dentro de los vagones) hace el resto. En cierto modo tienen razones para tener esta política de difusión controlada, pues se trata de un Festival con tradición, bastante exitoso entre el público de una ciudad que de tanto en tanto, extrañamente, le da por vestirse de cultura (no hay mejor ejemplo que el absurdo Fórum del 2004, pura especulación urbanística a costa del supuesto diálogo y aún más improbable entendimiento entre religiones, espiritualidades, creadores artísticos y blablabla). Quizá por hacer algo distinto, algo que habitualmente no se hace y que las noches de verano inducirían, el caso es que se acude al Grec. Todos lo hemos hecho, en más de una ocasión, e incluso con provecho. La cuestión es que no son precisamente pocos los que sólo visitan auditorios y teatros entonces, como si el resto del año no hubieran actividades culturales, o éstas no contabilizaran en el carnet del individuo bienpensante que cada cual suele querer ser delante de todos, y sobre todo delante de uno mismo. 

El espectáculo que motiva esta perorata, esta nueva autorreflexión en torno a la crítica no es otro que la conocida obra de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo, programada en el Tivoli del 8 al 31 de julio, con dirección de Mario Gas. Aunque el nombre del escenario me reflota emociones encontradas (un parque de atracciones copenhaguense que sólo pisé de refilón para asistir a un concierto de Brendel más bien insulso en un auditorio fantasmático, como de feria, después de una noche demasiado larga), recuerdo también, yendo todavía un poco más atrás, haber visto en julio del 2000 en aquel mismo teatro barcelonés una sensacional puesta en escena de La visita de la vieja dama, obra del nunca lo suficientemente reconocido Friedrich Dürrenmatt. Qué distinto, todo. La cuestión -para quien no lo haya adivinado aún- es que en esta ocasión (en la función del 29 de julio de 2011) me fui a mitad de representación, después de meditarlo un poco y haciendo de la consciencia de finitud un argumento sobradamente suficiente, redoblado en solidez por un aire acondicionado letalísimo. Queda claro, por tanto, que la partida, después de presenciar sólo 1h20 de espectáculo (restarían 40 minutos, según lo anunciado antes del mismo por la voz en off), habría de desacreditarme completamente como crítico. Por eso, lejos de enjuiciar de forma taxativa me veo limitado a apuntar tan sólo algunos aspectos que justifiquen mi ausencia parcial y consiguiente no-crítica, una crítica no merecedora, en cierto modo, de crédito alguno.

La puesta en escena de Mario Gas no busca la originalidad a la desesperada -cosa que se agradece- y de hecho acierta en mostrar una vivienda abierta, confundiendo interior y exterior, ofreciendo una visión panóptica de las relaciones de los personajes que deambulan por el escenario. Dista poco de otras representaciones de la obra, si bien se completa con ciertos elementos ya casi imprescindibles en la actualidad (videoarte) que -por otra parte- rara vez añaden algo sustancial a la dramaturgia. Bien lograda la ambientación, se rompe sin embargo todo atisbo de credibilidad cuando entran en acción las principales actrices. Vicky Peña en el papel de Blanche, la hermanísima histérica, asombra por lo afectado de su actuación. Parece cuanto menos dudoso de que para representar a una histérica se tenga que actuar histéricamente. Es una peculiar forma de aplicar Stanislavski, cuyos preceptos sugieren recrear las circunstancias, entender el texto y escuchar las réplicas de los demás sin centrarse sólo en las propias. Resulta casi arbitrario que ese torrente incontrolado, ese flujo de deseo que todo lo emponzoña -la cándida-imposible que representa ser Blanche- se aboque de forma excesivamente excesiva. Sus palabras -las de Tennessee Williams, de hecho- ya transmiten todo ello. No se trata de que los gestos, por redundantes, las tornen absurdas.

Pero el problema de esta representación no reside sólo en Blanche, es más, ni siquiera se debe de forma exclusiva a su actuación, por desatinada que se antoje. Blanche se nos muestra especialmente inverosímil (más como un caso clínico que como la protagonista de una obra de ficción, con la que establecer un vínculo más o menos distante, un pacto de realidad desdoblada) al entrar en escena la Stella de Ariadna Gil. Desconocemos el porqué de la dicción de esta última, la forma extraña, quizá americanizada, con la que modula la voz en sus declamaciones (un poco a lo estamos trabajando en ello). La cuestión es que aquel grado de irrealidad, completamente ajeno a la ficción, se eleva al cuadrado. Todo ello sorprende, pues se trata de actrices de profesionalidad contrastada, con una brillante trayectoria. Alex Casanovas como Mitch no arregla demasiado el entuerto, si bien se beneficia su actuación ambigua, como dubitativa, de la propia psicología del personaje representado. Y poco logran las notables intervenciones de Anabel Moreno y -por encima de todos- de Roberto Álamo, porque cuando la semilla de la incredulidad se aloja en el espectador no hay ya pacto de ficción que valga, tanto menos con un libreto algo altisonante, repleto de tópicos psicológicos (en buena medida tramposos, inevitablemente enganchan al espectador) sobre la gestión libidinal de hombres y mujeres.

*          *          *

-Un entrenador de futbol muy dado a las preguntas retóricas dijo en su día, cuando aún no estaba dando la vara por estas latitudes, algo así como que en Barcelona se hace mucho teatro, y del bueno. Fue después de que a Messi le hicieran una falta intencionada, una obstrucción de considerable violencia, que conllevó la expulsión del jugador del Chelsea. El artista de turno fue Asier del Horno, jugador contundente, de los que tanto gustan al entrenador en cuestión. Pero lo que importa en nuestro caso es que ni Messi hizo entonces teatro, ni todo el teatro que se hace en Barcelona es forzosamente del bueno. Quizá por eso algunos de los que a veces, por nuestros intereses o actividades laborales, nos arriesgamos a pasar por intelectualoides, en realidad -nada secretamente, en mi caso- ansiamos, sobre todo en funciones como la del Tivoli, que empiece ya el otro espectáculo. Un espectáculo insignificante y manifiestamente narcótico, oficiado por individuos inteligentes si bien dotados de una peculiar disposición a no parecerlo, a deformar la realidad con mil triquiñuelas y hacer de la vida y el agón que acompaña a toda competición una ficción permanente: La mística del Sugus azul.

Ningún partido de futbol, coronado justamente como el deporte más embutido de lugares comunes (insuperable pleonasmo que lo ejemplifica, por todos conocido: futbol es futbol), es comparable a las pretensiones de un Tennessee W., pero lo poco que se debate en algunas contiendas, precisamente por su absoluta insignificancia se enviste de un grado de sofisticación mayor -para el que quiera, o necesite verla, por supuesto. En el fondo, es la ventaja de reducirlo todo a tópicos: permite que de repente un halo inexplicable de creatividad, una gesta deportiva (o su contrario, la bajeza moral en las descalificaciones, la estrategia cicatera) lo ilumine o apague todo, proporcionando una poderosa clave hermenéutica para circular por la vida con una explicación, sea triunfal o victimista. Como un relámpago, de repente parece que los astros se alinean. Se ordena el cosmos. Esta sacudida emocional no cuestiona los tópicos pero los convierte en soportables, hace que el sinsentido cotidiano y la ausencia de reflexión se colmen de verdad.

Vivir exclusivamente de ello parece un tanto precario, una reducción bárbara de la realidad. Con todo, no es mucho más fecundo aquel otro espectáculo para pensar si acaba por tratar al espectador como un ser meramente afectivo, irracional, removiendo con trappole en la psique de cada cual y buscando despertar las pasiones más bajas o altas. Y ya que hablamos de pasión, y por tanto de fe, una plegaria final: San Theodor W. A., perdóname por no soportar el espectáculo teatral y compararlo al divertimento de la masa por excelencia, por no apreciar negativamente lo positivo que habría de brotar de esa irritación estética tan punzante, tan vacía, ¿tan verdadera? Quizá -seguro, de hecho- estoy abusando de tu confianza pero, sinceramente,... también a mí me hubiera gustado verte a ti allí.

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