Todos querían hacer bien su trabajo (y algunos hasta lo lograron)

Jacobo Zabalo 21-05-2011

-Fue llegar al Auditori, con la mejor de las sonrisas, y comprobar que me habían ubicado en un lugar preferente, la famosa llotja d'autoritats, que por un motivo que pronto explicaré nadie (muy especialmente, no "autoridades") acostumbra a frecuentar. Me dirigí al que parecía ser acomodador-en-jefe de la platea y, en un arrebato de sinceridad inconsciente, le expliqué que venía a hacer la crítica, que si me podía cambiar de ubicación. Confundiéndose, para mi sorpresa, me dijo que en esa llotja (señalando la nº1, donde en efecto suelen acomodarse las figuras más prominentes) se veía y oía de maravilla. Tuve que corregirle y apuntar un poco más arriba, a aquel otro saliente que extrañamente cuelga desde el segundo piso, en un escorzo antinatural que parece abismarse en picado sobre el escenario. Insistí por ello en quedarme en platea; había muchos asientos vacíos, y lo cierto es que medio-accedió, hasta nuevo aviso. En esto que se dirigió a mí, solícito, otro acomodador más joven. Le expliqué la misma historieta, que como siempre estaba por trabajo, que si eran tan amables, que desde ahí oiría poco y  vería menos, etc. Pareció entenderlo mejor incluso que el primero, y me permitió que discretamente escogiera una butaca libre. Me senté en una fila con cinco asientos vacíos (fila que, si no me equivoco, no se llenaría en su totalidad). Pude apercibirme que más de una persona, en mi misma situación laboral o no, estaba realizando maniobras semejantes. Es más, bien pronto me topé con una señora que decía que ella ya estaba en platea, pero que se cambiaba de ubicación para verle las manos al pianista. Por supuesto que no objeté nada, seguramente hasta asentí. Aunque, sin entender del todo por qué, también me irritó. No fue el argumento esgrimido (hasta cierto punto comprensible, si bien no me parece de máxima relevancia para la audición). Quizá intuí que la cosa se estaba enrareciendo, y que mi nueva y triunfal disposición auditiva había de sufrir un revés. Inmediatamente después de la aclaración de la amable señora, en efecto, me visitó el primer acomodador, quien -muy amable también él- me conminó a volver al asiento correspondiente a mi entrada. Cierto es que los críticos venimos con invitación, y poco hay que reclamar, pero ¿tan difícil es encontrar un buen lugar, o simplemente un lugar correcto (otro día me explayaré con las famosas columnas del Palau y las cristaleras que, detrás de las llotges de platea, provocan una reverberación molestísima)? Pero no perdamos de vista la situación... que volviendo al Auditori, a mi forzado desalojo, decidí cumplir órdenes básicamente porque el concierto en cuestión lo merecía, era algo excepcional que se ejecutaran tres conciertos para piano en una misma velada, dirigidos además por el mismo intérprete, un intérprete excelente y de contrastada solvencia. Decidí, así pues, cumplir órdenes y no liarla más, no sin hacerle notar antes al acomodador-en-jefe la paradójica y hasta -si me lo conceden- injusta situación: yo que le había confesado con sinceridad y buenas maneras mi propósito (inequívocamente relacionado a una tarea profesional) me tenía que desplazar a un lugar poco propicio, mientras tantos otros individuos e individuas de esa misma platea venían de trocar calladamente sus posiciones -no señalé a nadie, que conste- sin que, no habiendo hecho la pertinente consulta, se les pudiera reprender. Ante la evidencia de mi sinceridad y lo noble de mi cometido se justificó con un argumento tan racional como bochornoso: hizo constar la sempiterna e inatacable realidad de que también él había recibido órdenes, órdenes en este caso de la jefa de sala, que como todos saben es la verdadera jefa. Ahí ya sí que me sentí perdido, y con unos insultos que no salieron de mi boca, creo (aunque no puedo jurarlo), decidí iniciar mi ascensión. Ingenuo de mí, antes de alcanzar el segundo piso quise probar suerte en el primer anfiteatro, donde por cierto se escucha de maravilla. La expresión aquella tan castiza del caldo y las tazas es aplicable, pues me topé con la Srta. Cumpliendo órdenes II (la eficiencia continúa). Experimenté una perplejidad nueva y antigua, mezcla de admiración y repugnancia. Admiración porque pensé por un momento que, o me habían abducido, o algo estaba cambiando para bien: fantaseé que se había importado el rigor y seriedad de otras latitudes. Pero la ensoñación se irisó pronto en repugnancia, se tornó en profundo desagrado cuando me vinieron a la mente (¿irónica reminiscencia platónica?) otras situaciones vividas, algunas concernientes a asuntos de cierta importancia, en que de forma semejante me he visto en la situación de cumplir órdenes dadas por alguien en absoluto normativo, coherente o justo en su ordenar. Evidentemente esto no tiene nada que ver con la joven acomodadora, que simplemente cumplió con su trabajo de la mejor de las formas. Debo precisar, además, que por entonces apenas me parecía ya a aquel educado, bienpensante y -sobre todo- un tanto ingenuo burgués que había entrado con paso firme y emanando racionalidad en el sacrosanto recinto de la platea, sino que me mostraba más bien como un tipo siniestro e inspirado, descamisado y de hecho transpirante (venía de subir de dos en dos las escaleras, pues el concierto estaba a punto de comenzar). Entendí que no merecía confianza, y que mi argumento laboral no prosperaría a pesar de ser cierto. Resignado, por tanto, hice un esfuerzo más y ascendí hasta el último piso, hasta alcanzar la tan exclusiva llotja de autoridades. Se caracteriza este cubículo, además de por estar cortado en diagonal (aquel escorzo que referí antes) por tener una barandilla para reposar brazos, quizá -según gustos- hasta barbilla y minimizar así el riesgo muy real de tortícolis. Desaforado abrí la puerta del que había de ser ya desde el inicio mi destino final, para vivir una realidad increíble, máxima ironía, máximamente insoportable a estas alturas: ¡toda la fila de taburetes, delante de aquella barandilla, estaba ocupada! En otras palabras, al menos dos personas (porque, a todo esto, yo tenía dos entradas) se habían sentados en miiiiiiiiiiiiiiiis asientos. Creo que me volví un poco (más) loco, y debieron proferirse algunos insultos -así lo recogen las crónicas- pero no sé muy bien a quién fueron dirigidos. Porque lo cierto es que en el estado en que llegué, declaradamente empapado en sudor, resulté ser yo la atracción: objeto de sorpresa, primero, y luego de burla. Sin más, me miraron con una muequita maligna diciendo para sus adentros a ver dónde se va a sentar este ahora, ahora que estamos tan a gustito, anda con el tardón... Seguro que dijeron esto, y con estas mismas, odiosas palabras. Ahí no pude más, y como realmente no era culpa de ellos, sino de la humana naturaleza (y su obsesión enfermiza, no sé si racional o irracional, con hacer normas para luego no cumplirlas) me decidí simplemente a desallotjar, a abandonar el edificio como perseguido por el demonio. Todos habrían cumplido órdenes, realizado bien su trabajo, menos un servidor. Repudiado, colérico, abatido, iracundo, violento, agredido, resoplando bilis negra, amarilla y de otros colores que no se han visto nunca (aquellos que sólo perciben los insectos con peor baba) me dirigí cual Nosferatu hacia la salida, escaleras abajo. Y entonces sucedió: a la altura del primer piso reapareció ella, como transfigurada: una de las varias criaturas que me había animado, sudoroso, escaleras arriba. Increpé su profesionalidad con mal llevado cinismo, vine a decir que me iba sin hacer mi trabajo gracias a su trabajo. Pero ella no me lo tuvo en cuenta, sin abrir la boca ni mediar palabra simplemente me condujo allí. Ese lugar celestial, ni siquiera soñado en tan enrevesada ocasión. Sí, la figura angelical me instaló en la llotja nº1, donde pude comprobar que en efecto se alojaba más de una autoridad y -lo mejor de todo- también algún que otro amigo. Extrañado y divertido, gesticulando, vino a insinuarme -en este caso con bien encajada sorna: ya te vale, llegar tan tarde,... el concierto está casi comenzado, ¿dónde te habías metido? ¿son estas formas de trabajar?

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