Viven los vinilos

Jacobo Zabalo 28-10-2009

En ocasión de la VIII Feria Internacional del Disco de Barcelona

2, 3 y 4 de octubre de 2009

-Que el vinilo está vivo, y bien vivo, no representa a estas alturas novedad alguna para muchos melómanos. La cuestión es saber si alguna vez estuvo del todo muerto. No hay duda de que la irrupción del compact disc supuso un estancamiento en las ventas y sobre todo una disminución dramática de la producción. El nuevo formato era más resistente, manejable y cómodo, pudiéndose seleccionar las canciones con un simple mando a distancia. También se adujo a la precisión de las reproducciones, supuestamente inmunes al polvo y al paso del tiempo. Un artículo de Ignacio Julià, titulado "Falsas promesas de eternidad", se ha encargado, no obstante, de revisar algunos de los tópicos que hicieron que dicho formato fuera exitoso en su momento. Pero pensando ya en la actualidad, lo sorprendente del caso es que la revolución digital ha acabado por dar la estocada al que fuera su primer y triunfal producto, el disco compacto, con el surgimiento de otros formatos que codifican la música (siendo el mp3 el más célebre). Para mayor sorpresa, es precisamente en estas circunstancias, en que se prioriza la portabilidad y la posibilidad de compartir información, cuando el vinilo parece haber resurgido de sus cenizas, como para tomarse una venganza póstuma.

-Entender los motivos para el resurgimiento del disco pasa por reconocer, de entrada, el hecho de que nunca desapareció del todo. Un cauce subterráneo, un grupúsculo de fieles escaso pero irreductible, siempre estuvo allí. Gracias a esa presencia silenciosa se ha llegado a la situación actual, con un público cada vez más amplio, no sólo ya de coleccionistas, que se interesa por estos objetos vetustos y adorables. Hay varios síntomas que sostienen dicha recuperación. A la frecuencia, en claro aumento, con que se celebran ferias del disco (la última, organizada en la Estació del Nord de Barcelona del 2 al 4 de octubre de 2009) debe añadírsele la aparición de publicaciones que, con reproducciones vistosas, recuerdan algunos de los vinilos más memorables. Así, la editorial Somoslibros ha publicado este año Vinilos eros y Vinilos Rock, dos volúmenes que permiten seguir la historia del erotismo y del rock a través de 60 y 50 años de vinilos (respectivamente, como rezan los subtítulos). Se trata de libros bien editados, sin apenas texto y ordenados por criterios a veces curiosos, que en lo fundamental se interesan por las portadas antes que por el contenido musical.

-Contra lo que pudiera pensarse, el aspecto puramente estético, la apariencia externa del vinilo no representa una cuestión secundaria. Es parte de la esencia pop, de la difusión o reproductibilidad técnica del objeto de arte (depreciado como tal para algunos de fina nariz) el que se manifieste afuera, principalmente en la portada, algo que se quiere próximo en espíritu al interior. Por supuesto esta confianza, este peso excesivo en la apariencia ha dado pie a un gran número de situaciones absurdas... que en realidad resultan sumamente interesantes, por sintomáticas de un modo de consumo. De hecho, tras la posibilidad de convertir la portada (como se sabe, de gran tamaño y colores vivos) en un mero reclamo, sin conexión alguna con el contenido musical, se advierte un aspecto correlativo, emparentado con el modo de consumo de la música grabada: el de la obtención inmediata, a voluntad, del goce estético, y la potencial repetición ad infinitum de un placer que antiguamente requería del acto, del despliegue orquestal en vivo.

-Pero, a pesar de esa reducción del arte a cosa, el rebajamiento a objeto para el consumo propio, cabe preguntarse si no hay algo más en el éxito y recuperación del disco. ¿No posibilita una experiencia estética propia, diferente de otras comunes? En otras palabras, cabe sopesar si el vinilo no es un género en sí mismo; un producto híbrido, en efecto, pero que inaugura una categoría genuina en que se ponen en juego habilidades varias, haciendo del constructo algo potencialmente significativo desde el punto de vista estético (al menos no sólo desde una visión patológica particular, como es la del coleccionista, o colectiva, la inherente al consumo de masas). Para ahondar en las razones del éxito, y su más que plausible retorno, hemos de ponernos míticos y zambullirnos en el origen del fenómeno, a riesgo de perder definitivamente pie: lo cierto es que hubo un tiempo, que comienza con la mejor tradición vinilística, allá por los años 50 en los Estados Unidos, en que se encargaba a los principales diseñadores y dibujantes la confección de portadas, tanto de discos easy-listening como las más sesudas composiciones clásicas. La creatividad -como se viene diciendo- no se encontraba sólo en el interior, sino también afuera, en el envoltorio precioso que prometía y en muchos casos confirmaba las mejores expectativas. El contraste con la actualidad no puede ser más dramático. Basta pasearse por una tienda de discos (discos compactos, y muy especialmente en la sección de música clásica) para comprobar cuan desalentador es el panorama. La falta de gusto en el diseño es alarmante, y no me refiero al gusto relativo a cada cual, sino a la conciencia de que el producto que se vende es para el disfrute del oyente y por tanto requiere asimismo de una manifestación previa, aviso gráfico a modo de invitación y complemento de la escucha.

-El aspecto paratextual es mucho más importante de lo que se imagina, y sea por el tamaño reducido de las carátulas de los discos compactos o por la deriva que ha tomado el mercado, desde los años ochenta (coincidiendo con el declive del LP), lo cierto es que abundan por encima de todo los retratos de divos o instrumentistas, en pose interesante. En otras palabras, se promueve por lo general el reconocimiento (físico) del artista, confiando en que eso represente garantía de calidad. Discográficas como Deutsche Gramophon trabajaron a fondo la cuestión del culto a la persona, siendo Karajan, Herr K, su principal apuesta. Paradojas de la vida, su versión última, ya digital, de las sinfonías de Beethoven no puede compararse en calidad interpretativa con la de las primeras grabaciones, en la década de los sesenta. Tras Karajan y su querida Anne-Sophie Mutter, la compañía de los tulipanes dorados ha venido potenciando las carreras de otros niños prodigio, muchos de los cuales procedentes del mercado asiático, con resultados desiguales. Siguiendo esta lógica consumista, siempre en busca de la última hora en virtuosismo y buenas formas, algunos libretos de CDs se han llenado de jóvenes supuestamente atractivos, que desfilan con o junto a su instrumento, como modelos. Algo impensable en la época del vinilo. La alternativa a esta desafortunada retratística, alternativa que se aplica normalmente a reediciones de obras grabadas en aquella otra época, suelen ser bodegones o paisajes con escenas campestres (que personalmente nunca he entendido, ni siquiera en el caso de la Pastoral de Beethoven).

 

-Volver a los orígenes de la difusión musical, con la aparición del vinilo, supone un cambio sustancial en el cuidado por aquellos elementos paratextuales que, sin ser el fin último de la adquisición, la contextualizan adecuadamente y -en el mejor de los casos- hasta favorecen su aprehensión. Columbia no fue sólo la pionera, la discográfica que inventó el formato LP (Long Play) de doce pulgadas, tal como lo conocemos, sino la que tuvo el acierto incomparable de grabar algunos títulos memorables, todavía de referencia y con un valor en auge en su formato original: las Variaciones Goldberg de Glenn Gould, en su versión de 1955, o Kind of blue de Miles Davis son dos de sus títulos más emblemáticos. A los que debe añadirse, todavía en el ámbito de jazz, otros no menos fundamentales para la historia de la música, como por ejemplo el Ah Um de Charles Mingus o Lady in Satin, el último que grabó la malograda Billie Holiday. Volviendo a la clásica, algunos creadores de primera línea, como Leonard Bernstein o Bruno Walter (discípulo, como se sabe, del mismísimo Gustav Mahler) confiaron sus grabaciones a esta discográfica. Por supuesto, el terreno más comercial siempre fue, es y será el de la música "fácil-de-escuchar" (easy-listening), en aquellos momentos copado por orquestas como la de André Kostelanetz o Xavier Cugat. En verdad resulta toda una experiencia escuchar hoy en día esas piezas, que con ingenuidad arrebatadora nos transportan a la despreocupación de los años cincuenta. Piezas de baile, con ritmos exóticos o relajantes, que cuentan con instrumentaciones excelentes y grandes intérpretes, a pesar de no suponer una contribución artística especialmente novedosa (a diferencia de los arriba mencionados).

-Además del aspecto consumista, de la inmediatez con que se puede gozar  de una reproducción musical, y a pesar de que la dimensión fetiche del objeto artístico reposa en elementos como la portada, sublimación material de la escucha, el triunfo póstumo del vinilo (la segunda y mejor vida, la vida que nunca ha dejado de vivir, en suma), se apoya asimismo en un aspecto íntimamente relacionado con la escucha. Aunque indemostrable, pues lo excitado es la cualidad máximamente subjetiva, no exenta de inteligencia, parece difícil negar el hecho de que en el curso de la escucha se produce un algo indiscernible, verdadera cosa en sí que sólo ha sabido captar el vinilo. Contrariamente a lo que sucede con el disco compacto, la grabación y reproducción analógicas abarcan la totalidad del espectro sonoro. Cada uno de los matices del fenómeno queda físicamente grabado, punteado en la superficie del vinilo, que a posteriori reproducirá, fidedignamente, la original onda musical. El resultado en el oyente es una apreciación más global, y con ello la sensación de una presencia real. La digitalización, por perfecta que se quiera, recorta, simplifica matemáticamente la complejidad del fenómeno, que suena más cristalino pero también más pobre, desprovisto de esa inexplicable carnosidad que conserva la música en vinilo. Se puede realizar una experiencia sencilla, que confirma este punto: desde una habitación contigua, el oyente puede tener la impresión de que del otro lado se encuentra la fuente de sonido original... Así, no es tanto el crepitar romántico de algunos discos lo que hace del vinilo un objeto de culto, ni tampoco, al menos principalmente, la posesión fetichista; sí, en cambio, la sensación de poder escuchar una verdadera reproducción (si se me permite el oxímoron).

            La confluencia, en cualquier caso, de todos esos factores, junto con una creciente tendencia antimoderna, tendencia que busca la autenticidad, el reencuentro con el sentido original más allá de filtros y mediaciones impersonales, un tanto frías (como las representadas por la tecnología puntera), hace que aparatos tan farragosos como las cámaras Polaroid o los tocadiscos vuelvan. Pero, insisto, ¿acaso se han ido del todo, en algún momento? Los aparatos que quisieron sustituirlos lo lograron en la medida de que perfeccionaron, convirtieron en más práctica y sofisticada aquella misma novedad tecnológica que ubicaba al individuo en una relación de proximidad con el fenómeno artístico, o con la posibilidad de reproducir y sentir inmediatamente la realidad subjetiva, como tal relacionada con la experiencia del tiempo. ¿No radica en ello la dimensión esencial del LP, así como la pervivencia de su éxito? La vivencia de la interioridad y su fijación artística, condicionada, espoleada por la fugacidad, se dan cita en la conservación y el disfrute, siempre posible y siempre distinto, de un disco en vinilo.

 

(Fotografías de L. Pemán y J. Zabalo)

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