El enemigo del mundo. Actualidad crítica de El misántropo

Jacobo Zabalo 06-08-2011

El misantrop, de Molière

Teatre Nacional de Catalunya, 8 de junio de 2011

-La sinceridad como divisa. La rectitud en la denuncia impenitente de los vicios ajenos y hasta de los propios. Así es el misántropo de Molière, personaje de la obra homónima, cuyo nombre es Alceste. Un tipo genuino, atrevido y amargado. Un individuo patético y entrañable que vive fuera de su tiempo, que repudia el mundo y lo mundano sabiendo calladamente que nada le gustaría tanto como poder ser comprendido, incluso admirado por aquella virtud que se halla imposible de contrastar dadas las circunstancias. El misántropo justifica su inacción por la improbabilidad de que ésta repercuta en positivo sobre una sociedad, en efecto -no yerra en lo pesimista del diagnóstico-, perfectamente corrompida. Pero en realidad el odio al otro es un odio a sí mismo, un afecto destructivo que brota de la no asunción de su propia imperfección. Frente a quienes se recrean inconscientemente en lo relativo de las conductas, y se aprovechan de la fluctuación injustificada de las convenciones sociales, el misántropo enarbola la norma que lo aplasta, que le exige un comportamiento tan puro como inhumano. La rectitud es el caballo de batalla que lo atormenta de continuo al comprobar la impunidad con que se miente, la descarada hipocresía con que se alaba los méritos del trepa o la sabiduría del necio.

En la reciente puesta en escena de Le Misanthrope en el Teatre Nacional de Catalunya, Georges Lavaudant ha acertado en recrear y confundir los modos de relacionarse mundanamente en épocas diversas, fiel al espíritu del texto original aun prescindiendo de la declamación en verso en su versión catalana y haciendo uso indistinto del atrezzo. Los vestidos barrocos alternan con las gafas de sol, y la estridencia facilona del techno se suaviza por momentos gracias a la nonchalance que emana de la música easy-listening y los cócteles. No aparecen las drogas de diseño, pero se adivinan. Todo muy glamoroso y vulgar. Así, junto con la pavonería cortesana típica del XVII (y por supuesto del XVIII, siglo que Molière no conoció) se pone en escena de la mano de actores eficientes, entregados[1], una forma de relación interpersonal todavía más común en nuestros días, no menos superficial: el culto a la personalidad, autoritarismo subjetivista consolidado en el Siglo XX occidental (una vez garantizadas las condiciones de una vida apacible, con una floreciente economía de mercado empeñada en diseñar las apariencias de las personas), eleva a una esfera completamente otra, de gran trascendencia, la cuestión de la imagen personal, y de su diseño a la carta y por la cara[2]. Al mismo tiempo se pide -se exige- el cultivo del ego; ese mandato de ser uno mismo típicamente superyoico que nunca antes (a pesar de la sobreabundancia barroca de elementos que se ofrecen para construirlo) había sido tan homogéneo, tan impersonal en su tendencia neurotizadora.

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-1. Franqueza y cinismo

En un contexto de democratización exhibicionista de la vacuidad, de consumismo exacerbado (con el añadido de histerismo, encubridor de una satisfacción ausente, siempre demorada para que la máquina siga en marcha), predomina evidentemente la hipocresía, la falsedad y el enmascaramiento; y no precisamente en un sentido nietzscheano (artístico, creador de valores) sino al contrario, muy sintomático del abismo por el que se transita con plena inconsciencia de la mano de un nihilismo acomodaticio, un relativismo complaciente y cínico[3]. Se trata de un caldo de cultivo insoportable, en cualquier caso, para el que tiene la sospechosa costumbre de perseguir la verdad y el más que dudoso gusto de proferirla por doquier, escupirla a la cara de todos de forma compulsiva e indiscriminada (si bien, no nos engañemos, tanto más a aquellos que invierten su tiempo en disfrazarse, en diseñar una apariencia valiosa sólo en apariencia). Honesto y bienintencionado, el afán de rectitud de Alceste, el misántropo, implica un tipo de vida invivible, tal como en una de las primeras tiradas le insinúa con más ingenuidad que sorna el que seguramente sea su único amigo, Philinte: Mais, quand on est du monde, il faut bien que l'on rende / Quelques dehors civils que l'usage demande[4]. A este personaje, para quien la prudencia no está reñida con la educación mundana, se le antoja necesario buscar un pacto de mínimos; asumir la mentira inocente por puro pragmatismo, para que la convivencia sea posible e incluso como un mal menor: Il y est bien des endroits où la pleine franchise / Deviendroit ridicule, et seroit peut permise[5].

La franqueza, como la verdad, tan a menudo deja de ser admitida por razones falsamente superficiales, razones cuyo calado no es poco profundo. Ridículo, en efecto, puede ser decir la verdad donde no existe un criterio apriorístico de "verdad"; pero no menos insultante el fluctuar, según el interés y la gestión libidinal de cada cual, entre la inconstante pretensión de gustar y el descreimiento de toda certeza. Es víctima de esa aporía el personaje que amistosamente se acerca a Alceste, quien dice ser su más fiel amigo sin apenas conocerlo, y que de hecho demuestra no serlo en absoluto cuando recibe la crítica del soneto que le presenta para su enjuiciamiento: Mais, pour vous, vous savez quel est notre traité / Parlez-moi, je vous prie, avec sincérité[6], dice el ampuloso Oronte. La respuesta de Alceste se hace esperar, pero acaba llegando, y de la forma más explícita y frontal que cabía esperar: Ce style figuré, dont on fait vanité, / Sort du bon caractère et de la vérité; / Ce n'est qu'un jeu de mots, qu'affection pure / Et ce n'est point ainsi que parle la nature[7]. Otros personajes (la protagonista Célimène y sus tantos, incontables amantes-amigos) representarán una parodia semejante: infinitamente críticos, pavoneándose de su gran capacidad para deslindar lo bueno de lo malo (siempre en base a criterios tan eficaces y certeros como es el de lo cool) no son capaces de soportar la más mínima crítica: en el fondo sus lazos son tan autocomplacientes como circunstanciales, y por tanto frágiles. Pero, todavía en el caso del soneto, cuando Oronte reclama el derecho de que sus versos sean buenos a pesar de la opinión antipática de Alceste, éste le contesta que Pour les trouver ainsi vous avez vos raisons, / Mais vous trouverez bon que j'en puisse avoir d'autres / Qui se dispenseront de se soumettre aux vôtres[8]. El amigo desahuciado replicará de nuevo afirmando que siempre habrá otros que encuentren buenos sus versos. A lo que Alceste contesta que aquéllos, en todo caso, poseen el arte de fingir, por el ignorado.

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-2. El amor del que no puede amar

En su dramática ignorancia podría parecer que Alceste se autoabastece, pero no es del todo cierto. Incluso el misántropo se encuentra arrastrado por la marea de esta individualización falaz: sufre la resaca de unas ansias (el ser uno mismo, auténticamente, y al mismo tiempo ser aceptado) que, como no, también a él conciernen. ¿Acaso hay alguien que desee con más intensidad que él mismo llegar a ser el que es? Aquel imperativo pindárico de la antigüedad, relacionado con la actividad socrática, se topa con la nada despreciable tiranía de la moda; cuando los hábitos mundanos se convierten en norma autoritaria, cambiante: la sofistería al poder -el sujeto porque yo lo valgo como medida de todas las cosas- masivamente avalada. La ironía blandida a diestro y siniestro por Alceste puede desbancar eficazmente el relativismo y hacer caer las máscaras de una subjetividad trasnochada, pretendidamente boyante, pero el daimon que lo anima a él (esa fuerza interior, como divina, que le dicta la acción recta) no tiene mucho de socrático. No al menos en términos de aceptación de lo inevitable: hay un sufrimiento palmario en su abnegación del mundo, que no logra amar como él quisiera.

El misántropo es en realidad un individuo demasiado humano, víctima de una fijación cegadora, en buena medida trágica (por lo sintomático e inevitable de la misma, comparable a la mítica sabiduría de Edipo). Pues, en efecto, la claridad que demuestra Alceste en el diagnóstico ajeno, en la idea de justicia -sin paliativos ni triquiñuelas- no impide que él mismo se rebaje y se obnubile... en otras palabras, que caiga enamorado de la criatura más deliciosamente mundana, Célimène. Ella es el caso más excelso de delicadeza y superficialidad. Una belleza vacía, incomprensible a todas luces para la razón trastornada, como apagada en el enamorado. Lo irónico del asunto es que a través de la elección de su pareja no sólo no se escapa del mundo que tanto, que tan inteligentemente detesta, sino que se sumerge gozosamente en su ciénaga. Por momentos intuye Alceste que su amada es uno de los ejemplares más representativos e insoportables de aquel cosmos emponzoñado, pero lejos de apartarse de ella la pasión amorosa lo somete, le inflige un castigo dulce e impenitente que lo ata tanto más. Nada que ver con la forma natural, casi ingenua, con que se compromete al cabo su amigo Philinte con Eliante, dos personajes que transitan por ese difícil camino del medio, rehuyendo con prudencia los excesos mundanos sin necesidad, tampoco, de aislarse o evadirse del mundo.

Es un caramelo envenenado aquella pasión que por el contrario embarga a Alceste, según la categórica alquimia que concierta sufrimiento y placer, contra la cual nada puede su proverbial inteligencia. Acaba cayendo el misántropo en los mismos malos humores de otros tipos mucho menos sofisticados psicológicamente que él (así, por ejemplo, el Sganarelle de Le cocu imaginaire) víctima de una jalousie tan patológica como justificada, si se tiene en cuenta la inacabable solicitud con que Célimène se presta a todo tipo de proposiciones, potencialmente actualizables en la temida infidelidad. Un ágil intercambio de pareceres le permite a Molière retratar el meollo de la problemática: cuando ella se rebela contra aquel exceso de atención de Alceste (Mais de tout l'univers vous devenez jaloux![9]) él le responde, muy elocuentemente, C'est que tout l'univers est bien reçu de vous[10].

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-3. Précieuses ridicules

El rechazo a la felicidad fácil, felicidad que el misántropo tilda de hipócrita, no hace sino abocarlo a una felicidad unívocamente imposible. El amor por Célimène está condenado al fracaso porque él necesita lo que ella no puede darle y ella aborrece lo que él quiere compartir con urgencia exclusiva. Célimène representa una de esas précieuses ridicules (damas que se cuidan de parecer tan espirituales como hermosas) que Molière parodiara en una de sus primeras obras conocidas, estrenada con gran éxito en 1659. Todas ellas saben bien -o cuanto menos intuyen- que antes de casarse es menester, para una mujer comme il faut, experimentar y vivir devaneos amorosos, realizar al menos parte de las aventuras (que fundamentalmente han conocido a través de los libros) manteniendo relaciones varias con amantes-amigos, como se sabe una de las prácticas más habituales en la actualidad, a modo de consolación à deux.

El diagnóstico de Molière se anticipa al síndrome de Mme. Bovary (consecuencia, precisamente, de una relación contractualmente establecida, exenta de los imprevistos y emociones romanescas). Hay en el inicio mismo de aquella pieza temprana de Molière un intercambio de pareceres que resulta sumamente revelador respecto de la dialéctica que acontece antes o después de la consumación matrimonial del amor: Quoi! Débuter d'abord par le mariage![11] se exclama Madelon ante su padre, Gorgibus (quien quiere pactar su matrimonio y el de su prima, de acuerdo con una práctica habitual durante buena parte de la historia, con dos individuos ilustres como los que ellas acaban de repudiar). Sabedor del decurso de las cosas y nada partidario de las modas frívolas -al menos a priori- el padre contra-argumenta, sorprendido, mediante una reducción al absurdo: Et par où veux-tu donc qu'ils débutent? Par le concubinage?[12] El matrimonio, que desde una perspectiva tradicional es el comienzo, representa, para esta nueva generación de mujeres entrenadas literariamente en el amor, el final súbito e indeseado de las posibilidades más anheladas. La limitación de un deseo que lógicamente se comprende como ilimitado, y como tal -no tan lógica o realísticamente- se desea perpetuar.

Una de las primeras escenas de Eyes Wide Shut, ese magnífico tratado del matrimonio en la modernidad (por exagerado o alucinante que resulte en algunos momentos), obra última de Stanley Kubrick, muestra a un individuo almibarado y altivo, príncipe azul de capa caída, tratando de seducir al personaje que Nicole Kidman representa (mujer en principio casada por amor con el que de hecho era por entonces, en realidad, su marido). Cuando ella recuerda al aristócrata húngaro -así se había presentado el galán- su estado civil, mediante la maniobra de señalar su anillo (hasta cierto punto equívoca, pues no lo rechaza a él sino que se conforma con apuntar lo irrealizable de sus pretensiones, acompañando su gesto de una sonrisa libidinosa, acaso inducida por el alcohol) el seductor recuerda los viejos tiempos, en que supuestamente una mujer se precipitaba en el matrimonio con el único propósito de poder liberarse sexualmente, y hacer desde entonces lo que gustara con su cuerpo. La Kidman se reprime en la ocasión pero aun así -como sabe todo aquel que haya visto la película- acabará pasando factura a su marido esa misma noche, ya en casa, al referirse a la posibilidad de un romance imposible, tanto más deseado, casi acontecido en un pasado cercano. La infidelidad sobrevuela, acecha a la realidad de la fidelidad, sin la cual por otra parte no tendría sentido. Debe recordarse la célebre boutade -atribuida a Groucho Marx- que afirma que la principal causa de los divorcios debe buscarse en los enlaces matrimoniales.

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-4. Avoir de l'esprit

Cuando -volviendo ya a Molière- Gorgibus sugiere el absurdo de comenzar por el concubinato antes que por el matrimonio no lo hace tanto para legitimar el adulterio cuanto hacer entender a sus hijas que la ley del deseo tiene poco que ver con la del matrimonio; algo que por otra parte coincide con las pretensiones romanescas de aquéllas, sólo que a la inversa: el matrimonio debiera ser sólo la guinda de una realización erótica practicada ya desde antes. Las hijas de Gorgibus, como précieuses ridicules que evidencian ser, exigen a sus amigos o pretendientes unas maneras típicamente galantes, una dedicación total por su parte pero nada exclusiva por la de ellas, como reclamando a priori el libertinaje a modo de preparación para el enlace definitivo. Se trata de una coquetería vacua, vestida no obstante de esprit: una seducción basada en la apariencia de inteligencia.

El poema que lee el pretendiente que sucede a aquellos rechazados y que se hace llamar Marquis de Mascarille es un ejemplo de profunda superficialidad. Au voleur! au voleur! Au voleur! Au voleur![13], concluye este absurdo cuarteto, en que el seductor (que hace rimar el verso final con el final del precedente, acabado en coeur) pretende conquistar a las damas. Ellas suspiran, se extasían ante quien representa lo que más desean, resaltando otro pasaje de la composición no menos vulgar: Oui, je trouve ce "Oh, oh!" admirable[14], reconoce Madelon. Este marqués de pacotilla es en realidad el criado de uno de los nobles anteriormente repudiado por aquéllas, quien en un giro sólo comparable al Cosí fan tutte de Wolfgang A. Mozart, en el siglo venidero, provoca una hilarante inversión de roles. Ridiculizado como ha sido por ellas, ahora quiere burlarse logrando que se enamoren de una imagen vacía, una apariencia bajo la cual vive un individuo que nada tiene de lo que ellas creen desear. Lo sintomático del caso, de acuerdo con la estructura del deseo que Da Ponte intuye y perfectamente en su libreto mozartiano, es que es siempre lo otro, el otro (extraño o exótico, por tanto interesante) aquel que pasa a ser objeto de adoración frente a la versión común del marido, aborrecible desde esta perspectiva tan elevada.

Hay en Les précieuses ridicules una jocosa mezcla de rusticidad e intelectualidad que se acrecienta incluso mediante referencias filosóficas totalmente fuera de lugar, referencias que tanto gusta realizar a Molière a lo largo de su obra. Quizá se recuerde aquella mención a Aristóteles en el inicio mismo de su Don Juan (conscientemente errada, la pone en boca de su criado Sganarelle, otro ejemplo de engreído, pseudo-sabio), pero no menos divertida es la alusión al descompensado hilemorfismo del padre casamentero, Gorgibus: Mon dieu! Ma chère, que ton père a la forme enfoncée dans la matière! Que son intelligence est épaisse, et qu'il fait sombre dans son âme![15], exclama como enajenada la sobrina llamada Cathos, a quien Madelon contesta afirmando lo mucho que se avergüenza y extraña de ser su hija, convencida como se encuentra de que tarde o temprano quelque aventure un jour me viendra developper une naissance plus illustre[16]. El tono altivo, de puro desdén y superioridad moral, lo había asimismo proyectado delante del padre en la escena inmediatamente anterior, cuando sin morderse la lengua Madelon le espetara Mon dieu! Que vous êtes vulgaire! Pour moi, un de mes étonnements, c'est que vous ayez pu faire une fille si spirituelle que moi[17]. El espíritu de las bellas, formulado mediante un lenguaje casi ininteligible y petulante (Quel diable de jargon entends-je ici? Voila bien du haut style[18], se había sorprendido Gorgibus tras la expresión de las pretensiones amatorias de sus pupilas), lenguaje que emplean quienes se ocupan de parecer inteligentes en la misma medida que hermosas, representa la enigmática cuadratura del círculo o fénix que las obsesiona. El resultado, el éxito mundano, no deja de ser fascinante por la ya mencionada -si bien siempre sorprendente- mezcla de superficialidad y pretendida trascendencia.

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-5. Ridicule

La perplejidad, el patetismo que emana de esta distensión entre un fondo sin fondo y unas formas tan exquisitas como vanas ha sido reelaborada en una ficción cinematográfica de reciente confección, Ridicule de Patrice Leconte. Si bien la historia que narra el film tiene lugar ya en pleno siglo XVIII, varios decenios más tarde que las tramas de Molière, el ambiente es cuanto menos comparable al que aquel supo describir con fina (y no tan fina) ironía. Suprema ironía, sea como fuere, que pese a la denuncia de la falsedad e hipocresía humanas fuese Molière aceptado en los ambientes en que más abundan, debido al clásico tráfico de influencias que lleva a los hombres a relacionarse de forma interesada (evidentemente estos comportamientos no son exclusivos de ninguna clase social o grupo en particular, pero acostumbran a fructificar del lado del poderoso, quien tiene la capacidad de hacer que las cosas pasen, según un criterio universalmente justo, un interés particular o un mero capricho): el mundo de Versalles, la realidad cortesana en que no sólo escala posiciones el más adulador sino aquel que -según muestra la ficción de Leconte- formula su discurso con mordiente despiadado, descalificando a todos aquellos rivales que demuestren no ser tan brillantes o simplemente tan poderosos como para lograr que su discurso y su apariencia resulten convincentes, dignos de elogio.

El monólogo final, pronunciado solemnemente por el protagonista (quien acaba de ser ridiculizado en público, en el baile de una mascarada) es un alarde de crítica, en el sentido ilustrado del término: un ejercicio de prudente delimitación de lo cognoscible, en el atrevido intento de emplear el propio entendimiento sin la ayuda del otro y desde la conciencia de las limitaciones constitutivas del ser humano. Significativo es que sólo caen las máscaras y triunfa el vilipendiado una vez éste asume la inevitable derrota ante el mundo, el fracaso estrepitoso (ese paso en falso y sonoro crujido al caer, ese tropiezo natural o provocado por el prójimo, acompañado de un estruendo de risas) de quien pretende, con buenas o malas artes, con nobles o pésimas intenciones, ser del agrado de la mayoría, estar à la page o deslumbrar por la vivacidad vacía de un casi quimérico, tan a menudo ridículo esprit. Preso de la furia, como inspirado por un daimon moderno, cuál Sócrates dieciochesco, el protagonista de Ridicule se pregunta Qui sera la prochaine victime? Qui recevra en pleine face un trait, si spirituel qu'une famille tombera dans la précarité? Vous? Vous, peut-être?[19] Preguntas no tan retóricas, que denotan el carácter indiscriminado del ascenso social y sobre todo de ese ridicule; espada de Damocles que sobrevuela y condiciona toda expectativa, por incondicionada y absoluta que se crea. Al final, incluso el más alto propósito de liberación del género humano hubo de padecer un ridículo trágico, siendo burlado por el mismo movimiento que había de poner fin a aquellos privilegios y discriminaciones. Como se sabe, la Revolución creó sus propios mártires, y tanto los justos como los justicieros (Marat, Danton, Saint-Just y hasta Robespierre, cada cual los considere bajo un epígrafe u otro) serían a su vez ajusticiados, denunciados y ejecutados entre sí con el beneplácito del pueblo, ávido de sangre a falta de pan[20].

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-6. ¿Qué luz al final del túnel? (Conclusión abierta)

La crítica feroz, la ridiculización de los miembros más activos de la sociedad (a la que no obstante los expertenecen con gusto) se encuentra presente en el Misántropo de Molière, sin llegar por supuesto a los excesos revolucionarios. La amada de Alceste, Célimène, se apoya en sus amiguitos para criticar, censurar-libremente a todos los que componen el mundo que, por otra parte, tanto necesita. Es toda una opinadora profesional, alumna aventajada en la sofistería. Célimène busca alianzas y las encuentra por su atractivo, pero en ausencia de éstas las critica: requiere los apoyos que delezna en frente de aquellos nuevos otros que busca seducir, que a su vez requiere para ser más fuerte o tener más y más seguidores[21]. Aquel imposible, ingenuo y pseudointeligente (rasgo típicamente adolescente, por mucho que esté en boga en la red, a todas las edades) de querer contentar a todos sin dejar nunca de ser uno mismo, diferente del resto, a base de titulares de neón cegador. Opinión ésta que se reivindica como válida en la medida que todos la comparten, distinguiéndose el que la formula de los que la validan. Ser para uno (que es uno mismo) y para todos los que participan de ese uno sin confundirse con él, desde una distancia mutuamente complaciente. Si no fuera por lo absolutamente superficial del comportamiento que resume esta divisa podría decirse que se trata de algo así como de una actualización moderna, acaso postmoderna, del famoso enfrentamiento presocrático entre multiplicidad y unidad, entre pluralidad de seres y Ser único; pues se asiste a la situación aporética -nada ontológica, dicho sea de paso- que plantea una crítica sempiterna y nada constructiva, una opinión tan deslumbrante como vacía: espiral fagocitadora de la que nadie, ni siquiera uno mismo, se libra al cabo.

Pasando revista a un número interminable de individuos de la sociedad, en frente de los Marqueses Acaste y Clitandre, y con Philinte y Éliante como meros testimonios, Célimène se despacha a gusto -como suele decirse. El problema surge, evidentemente, cuando se acaba mencionando a uno de sus propios amigos, de quien por educación Philinte considera: Je le trouve honnête homme, et d'un air assez sage[22]. Se trata de un problema sólo por representar un caso límite de su praxis habitual (la crítica)... de la que tampoco él habrá de librarse. Oui -dice Célimène-; mais il veut avoir trop d'esprit, dont j'enrage / Il est guindé sans cesse; et, dans tous ses propos, / On voit qu'il travaille à dire de bons mots. / Depuis que dans sa tête il s'est mis d'être habile, / rien ne touche son gôut, tant il est difficile![23] La crítica de la crítica, la censura del mismo bel esprit que se buscaba, representa el caballo de batalla del insatisfecho, cerrado en el círculo infernal de una complacencia definitiva y siempre demorada, que de hecho no llegará. Lo interesante del caso es que este mal afecta tanto a Célimène, proverbialmente mundana, como a aquel que pretende realizarse ajeno al mundo, Alceste. Hay una común participación de la crítica, una crisis personal desde la absoluta diferencia: la autocrítica inconsciente de Célimène (que por supuesto no atiende a aquella recomendación de psicología básica consistente en escuchar lo que uno critica en el otro para conocerse un poco más) es diametralmente opuesta a la excesiva consciencia que también hace perder pie al misántropo, quien se convence -y engaña- cuando sostiene no necesitar nada de nadie. La tirada que venimos de citar, autorretrato silenciado de la actitud de esta précieuse ridicule, se modula y completa de modo a resultar también aplicable a aquel que a priori no podría serle más distante, y que de hecho entrará en escena en breve, como invocado por tales palabras: Il veut voir des défauts à tout ce qu'on écrit, / Et pense que louer n'est pas d'un bel esprit, / Que c'est être savant que trouver à redire, / Qu'il n'appartient qu'aux sots d'admirer et de rire, / Et que n'en approuvant rien des ouvrages du temps / Il se met au dessus de tous les autres gens[24].

Al final la crítica perpetua (la necesidad de perpetuarse en la crítica) no puede no afectar en lo personal al individuo que la promueve, queriéndose y creyéndose el centro uniforme y estable, el fundamento realizador de lo real. La totalidad de tal cosmovisión se encuentra afectada de raíz por la necesidad de gustar, de ser aceptado e incluso admirado. Célimène y Alceste son los extremos sintomáticos de una común necesidad, que paradójicamente surge en la modernidad (y, no nos cansaremos de decirlo, abunda ultramacerada en lo que se viene llamando postmodernidad) como cara oscura de la dichosa, tan deseada autonomía: el sujeto es libre de hacer consigo lo que desee, tiene en sus manos la determinación del sentido del mundo como nunca antes pero al mismo tiempo necesita (como nunca antes) la presencia de lo ajeno. Aquel otro que, no siendo uno mismo, permite precisamente reafirmar el modo de ser propio, si bien en negativo. Hegel lo verbalizó a través de la famosa lucha a muerte en su Fenomenología del espíritu. Se da una interdependencia de amo y esclavo que de hecho sólo Nietzsche entendería en su radicalidad a través de la noción de voluntad de poder, al considerar que en todo ser vivo existe ya esa necesidad de valorar e imponer un criterio propio, válido para uno mismo. El diagnóstico realizado por Étienne de la Boétie, todavía en los albores de la modernidad, por supuesto se conserva: la voluntad de poder se manifiesta también como sumisión voluntaria, no siendo sino la versión invertida de un constante desafío a lo establecido.

C'est que jamais, morbleu! Les homme n'ont raison; / Que le chagrin contre eux est toujours de saison, / Et que je vois qu'ils sont, sur toutes les affaires, / Loueurs impertinents, ou censeurs téméraires[25]. El pesimismo compulsivo de Alceste denota un malestar perfectamente justificado, que sin embargo yerra en su contumacia, al no saber ubicarse dentro de su descripción de lo mundano. El misántropo es un humanista interruptus, hombre del subsuelo cobarde y valiente, afectado de raíz por una búsqueda común a todos, pero imposible de compartir o contrastar, especialmente no desde la autoconsciencia. Es esta una de las perplejidades que se desprende de la crítica de la razón kantiana, tanto más en su vertiente práctica: la absoluta, incuestionable verdad-moral de que el ser racional es capaz no permite, con todo, confirmar un solo caso en que se haya producido efectivamente ese comportamiento justo, esa valoración libre de afecciones o intereses. Je vais sortir d'un gouffre où triomphent les vices, / Et chercher sur la terre un endroit écarté, / Où d'être homme d'honneur on ait la liberté[26], concluye Alceste. Como enajenado o inspirada habla en su última, desesperada intervención. Su discurso parece de otro mundo. Mundo de las ideas o divino, religiosamente connotado, en cualquier caso presupone una trascendencia ya imposible. Aquella dimensión depuradora que sublimaba los males de la finitud, la contingencia inherente al ser humano, se encuentra tocada de muerte; a punto de ser finiquitada por la hipertrofia de consciencia que condena al hombre a una total superficialidad o a una profundidad fragmentaria y abismal, enajenada del milagro (casi inaprensible en su enigmática, incuestionada realidad) de ser.

 

Fotografies de David Ruano.


[1] A destacar el Alceste de Jordi Boixaderas, que en su dicción voluntariamente atropellada, siempre lúcida, se muestra más desesperado que irónico, y la coqueta, máximamente superficial Célimène de Marta Marco. Jordi Bosch como Philinte y Lluís Soler, sorprendente Oronte, destacan asimismo por la naturalidad de su prudencia (el primero) y extravagancia (el segundo). La insoportable afectación de los amigos de Célimène, Clitandre (Jordi Martínez) y Acaste (Carles Martínez), resultaría todavía más espectacular si no fuera porque, a pesar del esperpento que implica, queda aún a años luz del original que la inspira (los programas de famoseo, realmente imposibles de superar desde la ficción).

[2] v. Facebook.

[3] v. Crítica de la razón cínica, de Peter Sloterdijk.

[4] "Mas cuando se es del mundo, es menester rendir / Ciertos deberes civiles que el buen trato requiere". NB) Todas las traducciones, en prosa, se han realizado en ocasión del presente ensayo (se mantiene la separación del verso original mediante una barra como mera orientación).

[5] "Existen tantos lugares donde la plena franqueza / Deviene ridícula, siendo poco permitida".

[6] "Pero, según usted,... usted sabe cuál es nuestro pacto / Hábleme, se lo pido, con sinceridad".

[7] "El estilo figurado, del que se pavonea / Esquiva el buen carácter y la verdad; / No es más que un juego de palabras, afección pura / Y no es así como habla la naturaleza".

[8] "Para encontrarlos así tiene sus razones / Pero encontrará bien que pueda yo tener otras / Que dispensen someterse a las suyas".

[9] "¡Pero de todo el universo tenéis celos!".

[10] "Es que todo el universo es bien recibido por usted"

[11] "¡Cómo! ¡Comenzar por el matrimonio!".

[12] "¿Y por dónde quieres acaso que comiencen? ¿Por el concubinato?".

[13] "Al ladrón, al ladrón, al ladrón, al ladrón".

[14] "Sí, encuentro ese Oh, oh admirable".

[15] "¡Dios mío! ¡Querida, cuán hundida en la materia está el alma de tu padre! ¡Cómo de espesa es su inteligencia, y qué oscura su alma".

[16] "Alguna peripecia vendrá un día a desvelar una ascendencia más ilustre".

[17] "¡Dios mío! ¡Cómo de vulgar sois! Según me parece, es cosa incomprensible que hayáis podido hacer una hija tan espiritual como yo".

[18] "¿Qué demonios de jerga oigo? Hete aquí un estilo elevado"

[19] "¿Quién será la próxima víctima? ¿Quién recibirá en plena cara un tiro, tan espiritual que suma en la precariedad a una familia? ¿Usted? ¿Usted, acaso?".

[20] La excepción más célebre (verdaderamente excepcional, valga la redundancia) la representa Fouché, personaje camaleónico que supo lidiar en primera línea bajo regímenes distintos e incompatibles, sin perder nunca la cabeza. Stefan Zweig le dedicó una de sus biografías más logradas.

[21] Cfr. Twitter.

[22] "Me parece un hombre honesto, de un aire considerablemente sabio".

[23] "Sí, pero quiere ser demasiado espiritual, lo cual me disgusta / Es afectado sin cesar, y en cada uno de sus propósitos, / Se aprecia que se atarea en hallar las palabras justas / Desde que se le ha metido en la cabeza ser ingenioso / Nada convence a su gusto, ¡tan abstruso es!".

[24] "Quiere encontrarle defectos a todo lo que se escribe / Y piensa que alabar no es propio de un bello espíritu, / Que es ser sabio tener que repensarlo todo, / Que reír  y admirar es sólo cosa de necios /  Y al no aprobar las obras de su tiempo / Se pone por encima de las gentes todas".

[25] "¡Es que jamás, pardiez, tienen los hombres razón! / Y es que el enfado para con ellos es siempre oportuno, / Que veo que son, en todos los asuntos / Aduladores impertinentes o censores temerarios".

[26] "Voy a salir de un abismo en que triunfan los vicios /  y buscar en la tierra un lugar apartado, / En que de ser hombre honesto se tenga la libertad".

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