Alle Menschen wurden Brüder (Crónica de un diluvio)

Jacobo Zabalo 28-10-2008

Frans Brüggen, Orquesta del Siglo XVIII
Palau de la Música Catalana, 28 de octubre de 2008

Lluvia, tráfico, malos humos, y peores humores. Otoño clásicamente barcelonés, en que el temporal todo lo colapsa, como si lloviera por primera vez o –quién sabe- como si fuera la última. El recurso a la música como redención pagana, respuesta al aluvión de prisas y aglomeraciones, se ha de oficiar en torno a un edificio tan emblemático como vetusto e inaccesible en estas circunstancias. Se espera religiosamente, más allá de los límites de la paciencia, para salvarse y alcanzar la gloria, esté o no en platea. Se espera en cualquier caso una comunión, la reunión con lo mejor del género humano en torno a la obra capital de la música occidental, convertida en himno de Europa. Lo cierto es que la afluencia es masiva, y el público se agolpa -literalmente- a golpes, a pesar de las notables diferencias de edad y procedencia (Alemania, Francia, Italia y por supuesto Japón), lo cual asegura hasta cierto punto la universalidad del fenómeno: la humanidad entera, a hostias -sin perdón, por cierto- representada, para celebrar nada menos que la Humanidad, con la audición de la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven. La ceremonia no puede defraudar al asistente, pues la oficiará una orquesta con reputación y caché.

Hay alguien que no lo tiene tan claro y sin embargo aspira, con sobrada ingenuidad, a aclarar el asunto: el crítico, figura antipática o cuanto menos sospechosa, se debate entre la multitud; quiere dejar oír su voz crítica, autorizada quién sabe cómo, pero siempre más allá del asentimiento impersonal de la masa. Extraña pretensión, la de querer emanciparse de tan humana, honorable condición, no formando tampoco parte de quienes, agrupados del otro lado, interpretan la partitura. ¿Qué se ha creído? ¿No pasan por ser, los de tal gremio, charlatanes incultos, que ni permanecen hasta el final, si es que llegan a asistir a los eventos que reseñan? Sí, el crítico carga con el peso de difundir con autoridad un saber acerca de lo que nada se puede saber con certeza absoluta. La tercera crítica de Immanuel Kant refiere inmejorablemente la situación en que cada individuo (potencialmente crítico, él mismo) se ubica: el juzgar la obra de arte por medio de la razón, darle un sentido particular como si su juicio tuviera validez universal, aun sabiendo que responde a una afección personal, imposible de certificar en el prójimo.

El crítico quiere, ante todo, abrirse paso. Supuestamente le han acreditado para el evento. Ahora sólo debe hacerse con la entrada. ¿Dónde? Primer escollo: en la recepción del privilegiado emplazamiento, sin mirarlo siquiera a la cara, el personal farfulla algo, que quiere decir nada. No se sabe nada. El personal le manda al jefe de sala quien, agarrado a su walkie, le devuelve la no-mirada de la recepción. El crítico se desplaza de forma espontánea hasta la taquilla, donde acaban de hacer entrega de un sobre personal a alguien, y acto seguido le aseguran vender sólo entradas. De nuevo a recepción donde otro alguien, tras recordarle la tarea que ha venido a desempeñar, pronuncia la palabra clave: “Prensa”. Apenas faltan cinco minutos para que comience el concierto, y por fin ha dado con la pista definitiva; una pista tan obvia que creía no haber tenido que advertir anteriormente a los colegas de recepción (ya se sabe que lo que salta a la vista, pasa desapercibido, como en el relato de Edgar A. Poe). Pero los avatares no cesan en este punto. Puede decirse, más bien, que comienzan en el momento en que se cree a salvo. Con reminiscencias heracliteas, se recuerda a los personajes del Criticón, obra de Baltasar Gracián, “que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en sus cárceles y muy hallados cuando más perdidos”.

En verdad que no es la primera vez que se le encomienda una misión tan poco heroica como esta, pero sí la primera en que se convierte en aventura. Pues cuando por fin se hace con la entrada, que se la entrega una persona con muchos años de profesión a cuestas (algo indudablemente ventajoso, al menos en la mayoría de casos) resulta que la entrada es sin numerar. ¡Una acreditación sin butaca,… para no dar crédito! No se piense mal: no se trata de que permanezca sin poder reposar sus críticas posaderas, ni se le ubicará como en las verdaderas capitales de la música (lugares como Viena o Berlín, donde la tradición cultural no necesita medirse por el precio de las entradas) en una de aquellas estancias con localidades de pie, en zonas no siempre alejadas del escenario y con visibilidad y audición más que aceptables, por un precio universalmente asequible. Estamos en Barcelona. Y de lo que más bien se trata es de volver a la infancia, a jugar al juego de las sillas. ¿Lo recuerdan? Mientras haya música uno está en pie, rondando las localidades vacías, y cuando cese debe sentarse en la primera que encuentre libre de ocupante. Lo explica la misma persona encargada de Prensa a otro grupo, sin ofrecer ella misma los dos asientos de platea que permanecerán vacíos a su lado.

Una vez en la sala, prosigue el escarnio. Los acomodadores fomentan el via crucis para aquel que no tiene un lugar predeterminado. ¿Tú eres de Prensa? ¿Sí? No, no debes ser de Prensa, Prensa. Verdad es que el crítico no se dedica a prensar papel, ni siquiera escribe para un periódico, una publicación con soporte físico. Lo que llevas es una invitación, no una acreditación. Además no me suenas. Cuando le dice que en el último año ha cubierto sobre todo los eventos de otra sala de conciertos, en la misma ciudad, el acomodador-en-jefe le mira con desprecio. Sádicamente excitado por la alucinada insistencia del crítico, y de nuevo sin mirarle a los ojos, espeta en plural, como dirigiéndose a otros en su misma situación al minuto quince, os sentáis donde sea. Sin siquiera precisar que se trata de esperar hasta el final del primer movimiento (Allegro ma non troppo, un poco maestoso), se dan órdenes pseudo-precisas, genuinamente absurdas. Pues ¿qué crítica ha de tramar el crítico, estando de pie? Por todos es sabido que para que las ideas lleguen a la cabeza de este mamífero bípedo, y no se le acumulen los humores en las partes más blandas y/o pesadas, especialmente en días de inclemencias varias, necesita sentarse y redistribuir el peso. Sucede todo lo contrario: la flema le rezuma en este punto por los oídos; bilis negra impregna su visión en negro, con los ojos y las ideas inyectados en sangre; colérico, la bilis amarilla se le distribuye a borbotones por los miembros. Es menester hacer algo. Denunciar la injusticia. ¿Un grito? ¡Hay que detener tanta Humanidad! ¿No será más prudente coger la puerta, dejar a mitad la interpretación y aun así publicar la crítica, como ha visto hacer a colegas de profesión mucho más renombrados que él?

Entre cavilaciones de medicina hipocrática (y otras mucho menos clásicas y confesables) se llega al final del primer movimiento. Como animado por una rememoración proustiana se da espontáneamente, sin apenas decidirlo, al juego de las sillas. Comienza el correcalles, los pasillos son pit lanes con adelantamientos al límite de la legalidad, cuando comienza el segundo movimiento (Molto vivace). No tan lejos percibe una butaca vacía, de fácil acceso. No hay más que decir. De ahí no se mueve. Pero la mente sí se le mueve, y las ideas sobrevuelan la obra interpretada, en busca de un sentido algo más trascendente a la ejecución de la obra programada, que como tal se quiere de lo más trascendental. ¿Qué sentido tiene hacer una crítica acerca de una obra que culmina con la Oda a la Alegría, si la quina le embebe? La amargura no le impide, aun así, apreciar algunos matices interesantes.

La Novena suena más carismática que atronadora de la mano del director invitado. Al tratarse de una orquesta de época, el brillo e idiosincrasia de los instrumentos se manifiestan de forma notable, aunque en detrimento del empaque y la potencia; atributos ambos de algunas interpretaciones no menos históricas y sí, en cambio, completamente imborrables en el oído del melómano, como pueden ser las de un Furtwängler, Celibidache (o más recientemente y con instrumentos y modos de época, como en la ocasión presente, la fantástica versión de John Eliot Gardiner). El Adagio Molto suena más bailable que Cantabile, y más Andante que Grave, indicación temporal que le es próxima. Quizá por eso la magia del momento se diluye, y la distracción se palpa en el ambiente: un estruendo de tosidos sella el final del movimiento lento, como para dar la bienvenida al Finale. La total y arrebatada asincronía de los timbales parece contestarles, sin mejor fortuna que aquéllos (para sentenciar de una vez por todas la cuestión, y poner paz entre músicos y públicos, propongo la indicación en todas las partituras, entre los movimientos de la pieza en cuestión, la presencia obbligata de este instrumento atronador, que a lo largo del año irritan tanto los fenómenos naturales como los aires mal acondicionados).

A pesar del mal avenido frenesí timbalero, el fuelle faltó de comienzo a fin del movimiento de cierre. Ni arrojo por parte de los instrumentistas, ni precisión desde el coro, cuando se reclamó su participación. Como hoy en día somos postmodernos, nos encanta destruir lo que no sabemos construir. Desde este paradigma debe de entenderse la intervención solista por parte del bajo, quien haciendo honor a su registro bajó las escaleras (desde arriba del escenario a su ubicación natural, junto a los tres otros solistas) mientras declamaba y pedía el optimismo a sus congéneres y amigos: O Freunde, nicht diese Töne! El resultado: mala dicción y pésima entrada de la sección implicada del coro, que se puso en pie, mientras el resto –ojo a la trasgresión- permanecía sentado. Un despropósito total, que dudosamente epató a un solo bourgeois. Parece mentira, pero la ingenuidad progre de un Bieito se contagia en esta ciudad. Lástima que los miembros del coro permanecieran en su sitio, debió pensar alguno. Lo cierto es que en el pudor también somos hermanos, como cuando en misa toca dar la mano (¡sólo la mano, que conste!) al prójimo, y más de uno disimula… Seid umschlungen, Millionen! Diesen Kuss der ganzen Welt! (“¡Abrazaos millones de hermanos! ¡Que este beso envuelva al mundo entero!”). Qué incómodo, el abrazo del otro. Qué diferente a mí, ése que no soy yo, y que no obstante quiere todo lo mío. Eso mismo debió pensar el señor de detrás de mí, cuando al despedirme de la función cogí su paraguas por error, y me trató de ladrón. Me acordé una vez más del Criticón: “lástima me hacéis de veros tan hombre y tan poco persona”. A duras penas, pero logré salir al exterior con mi paraguas, convertido eso sí –y para más inri- en objeto inútil. Ya no llovía.

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