Abel Cruz Ayuso 29-10-2008
Sala Apolo, 29 de octubre de 2008

A muchos artistas no les va el rollo este de tocar un álbum entero de principio a fin, lo que se ha llamado en inglés un concierto “Don’t Look Back”. En el Primavera Sound de 2007, Sonic Youth ya comentaron que se les hacía raro tocar “Daydream Nation” de esa manera. Isis, el combo de Nueva York de post-metal-avantgarde metal-experimental rock-ramalamadindon también manifestaron sentirse algo extraños al tocar su mejor obra, “Oceanic” desde el corte 1 al 9, sobre todo porque cuando les propusieron el tipo de concierto, el disco solo tenía cuatro años de vida.
Un concierto así, no tiene la sorpresa de saber qué tema tocarán después. Pero si el disco es bueno, un sentimiento de euforia puede apoderarse del fan al saber que, en unos minutos, tal vez unos instantes, el grupo tocará ese tema que tanto le gusta, que tantas veces ha cantado y que hace que se pierda la noción del tiempo y del espacio.
No es que Built To Spill sean de mis grupos de cabecera. Lo que pasa es que es difícil resistirse a la electricidad y la épica de “Perfect from now on”, tercer disco del grupo de Doug Martsch, disco que he escuchado hasta la saciedad en mi iPod. Y fue una grata sorpresa saber que venían a Barcelona y que tocarían en su totalidad este conjunto de temas tan atemporal.
Precedidos de los suizos Disco Doom (jamás hubiera jurado que esta peña fueran suizos), con una mezcla de folk-rock, country y tintes pop cercanos a Death Cab for Cutie – buscadlos en myspace -, Built to Spill se ciñeron a la ejecución del disco que les había traído a la Ciudad Condal con total entrega. Cortes como “Randy Described Eternity”, con su atmósfera nocturna, “Stop the show” con su crescendo e imprevisible entrada a la primera estrofa y sus cambios de ritmo, la calma tensa de “Made-up Dreams” o la mezcla de grandilocuencia guitarrera, pereza y agitación de “Out of Site”, sonaron más densas que en el disco, más sueltas, con más espacio para la improvisación y los juegos y solos de guitarra. Ellas fueron el grueso del concierto y las que confirmaron la grandeza de este combo indie que en Europa ha sido bastante ignorado.
Pero fue “Velvet Waltz”, con su tensión, su melancolía, sus melódicas guitarras, su reverberación, su resignación y, sobre todo, su rabia desplegada en su sección final, la que dejó sin habla a servidor y a muchos de los que estábamos en primera fila. Da igual que la parte final del tema pareciera tan larga como la canción original (ocho minutos y medio), Martsch y compañía pudieron conseguir con sólo una melodía lo que pocos grupos pueden hacer y algo a lo que muchos aspiran: poner un nudo en la garganta del público y dejarnos de puto canto.
Decir que fue uno de los mejores conciertos de 2008, sería una obviedad.
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