LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 23-03-2010
Trevor Pinnock, clavicémbalo
Caixaforum, 7 de marzo de 2010
Una de las eminencias en la interpretación de Música Antigua, con numerosas grabaciones (desde los años setenta, acompañado por su formación The English Concert), visitó el auditorio del Caixaforum para ofrecer al público barcelonés un recital de clavicémbalo. La primera parte la dedicó a dos compositores alemanes fundamentales para la evolución de las obras para teclado, Johann Jakob Froberger y Johann Sebastian Bach, mientras que en la segunda haría lo propio con los dos referentes franceses, François Couperin y Jean-Philippe Rameau.
La velada comenzó de la mejor de las formas posibles, con el auditorio entregado y una atención fuera de lo común. Fuese por el tiempo lluvioso, que invitaba en efecto al recogimiento, por lo selecto del programa o la trayectoria del intérprete, el caso es que el clima era de sumo respeto, por no decir devoción. La Toccata nº12 en la menor, pieza virtuosa y la subsiguiente Fantasia nº2 en mi menor, mucho más meditativa, evidenciaron el arte de un compositor apenas programado, Johann Jakob Froberger, así como la complejidad de la partitura, que Pinnock desgranó a duras penas, puestos todos los sentidos en la interpretación. Pudo apreciarse la exigencia técnica en su absoluta concentración y apego al texto escrito, del cual no levantaba la vista. Fue en el curso de la interpretación de la Partita nº4 en re mayor de Johann Sebastian Bach cuando se produciría la anécdota de la tarde. Situación tan imprevista como poco agradable. Para que tuviera lugar hubieron de confluir factores diversos: un tosido fuera de lugar, un tímido aplauso antes de tiempo... y de nuevo otro tosido (de los escasísimos que se oyeron, dicho sea de paso). Con el primero ya había ralentizado el tempo de su interpretación. Con el segundo pudo cortarse el silencio, y ocurrió. Hasta entonces exquisito, impecablemente vestido y elegante en sus formas, el inglés saltó. En un ataque inverosímil y hasta cierto punto injustificado se levantó del asiento haciendo aspavientos para increpar a no sé quién del público, seguramente tampoco él lo sabía. En realidad dirigió su amarga queja al conjunto ("I can't go on with this noise... it's too much... please cover your mouth") y conjuntamente, como si la acusación fuera legítima, el público se la sacudió de encima con un gran aplauso. Nunca dejarán de sorprenderme los mecanismos para la gestión colectiva de la culpa.
Afortunadamente no estamos en época de Mozart, cuando el músico era prácticamente un sirviente, maltratado y mal pagado; lo cual no implica que el paradigma contrario sea incondicionalmente aceptable. Le guste o no al señor Pinnock, por su profesión, libre y lucrativamente escogida, se debe a la audiencia. Una audiencia que -justo es decirlo- no siempre es agradecida, ni siquiera respetuosa. Tenemos ejemplos recientes (léase, en este sentido, mi artículo Interrupción de los silencios desde Franz Schubert). Nadie negará la molestia que supone la interrupción provocada por público, en este caso puntualmente y por un sector mínimo; pero interrumpiendo a su vez el discurso sonoro evidenció no estar a la altura de las circunstancias, demostró no poder sobreponerse a las mismas. Estamos de acuerdo, a veces hay que decir basta, sin más. No menos cierto, sin embargo, es que se trata de atinar la ocasión. Kairós, decían los griegos: el tiempo oportuno para la acción recta, que -me temo- Trevor Pinnock erró. Quizá por todo ello, por la constante dificultad para concentrarse no fueran sus lecturas especialmente memorables y sí, en cambio, un discreto avanzar a trompicones, con ligeras pero notables incoherencias en los tempi. Eso no evitó que durante la segunda parte, con las piezas galantes de Couperin y Rameau, se animara el asunto. Sumamente virtuosas y desafiantes en sus contrapuntos vertiginosos, si bien más extrovertidas que las programadas en la primera parte, estas obras divirtieron al público que se dignó a permanecer. Casi la mitad se fue, prefirió mojarse afuera.
Fotografía de Peer Lindgreen
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