LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 07-06-2010
Ronald Brautigam, pianoforte
Tafelmusik; Bruno Weil, director
Palau de la Música, 20 de mayo de 2010
Palau 100
Tafelmusik es uno de esos conjuntos fundados hace ya varias décadas bajo el signo de la recuperación historicista de las partituras, en busca de una interpretación más auténtica, próxima a la sonoridad original. Sus grabaciones dan fe de los logros: se trata de una orquesta ágil, magistralmente llevada por la primer violín Jeanne Lamon y dirigida, generalmente, por Bruno Weil. Demuestran estos registros una voluntad comunicativa exenta de toda afectación. Muy representativa se antoja, en este sentido, su versión de las Serenatas de Mozart, adaptadas para conjunto sinfónico.
Recientemente la orquesta ha grabado asimismo algunas de las sinfonías de Beethoven más conocidas, piezas que en su interpretación se benefician de una ligereza encomiable. Gracias a la reducción de efectivos orquestales y minimización del vibrato en las cuerdas logran moderar el prejuicio trascendentalista causado por tantas sobreinterpretaciones realizadas desde la época. En la versión de Tafelmusik la Quinta Sinfonía de Beethoven deja de sonar como un cara a cara con el destino para representar, más bien, un tragicómico baile de máscaras en que se busca el reconocimiento ajeno.
Sin atisbar todavía la sombra trágica del romanticismo, en su visita al Palau el conjunto se centró en los dos autores fundamentales del Clasicismo, Wolfgang A. Mozart y Franz Joseph Haydn. A pesar de que la velada -podemos anticiparlo ya- fue una ocasión fantástica para conocer la mencionada propuesta en vivo, lejos de la comodidad de los estudios de grabación, lo cierto es que se echó en falta el liderazgo de Jeanne Lamon, ya desde la Obertura de la ópera Idomeneo. Ausente del escenario la directora musical y concertino, las cuerdas sufrieron a lo largo de la velada de un cierto (pero muy evidente) apocamiento, e incluso algún que otro percance de afinación. Los ataques no fueron incisivos, y la sonoridad de los instrumentos de época se mostró un tanto apagada.
Ronald Brautigam, el solista encargado de interpretar el concierto para piano preferido de Mozart que Beethoven prefería, se ha convertido en los últimos tiempos en un asiduo del pianoforte. Nada hace pensar que su formación pianística (y buena parte de su carrera) la viene realizando con instrumentos modernos. En la presente ocasión el pianista demostró su compromiso desde el inicio, acompañando a la orquesta en el curso de la obertura operística, que se enlazó con el Concierto para piano nº20, como si de una representación más propia del XVIII se tratara. Fue también una declaración de modestia, una muestra del diálogo inter pares que por supuesto mantuvo a lo largo del concierto. No sería este el único rasgo original: Brautigam interpretó dos cadencias brillantes, fantasiosas en lo cromático, separándose del tradicional empleo de aquellas compuestas por Beethoven para su propia ejecución. Fueran o no improvisaciones, al más puro estilo mozartiano (de hecho, el pianista me confirmó luego este punto, confesando su preferencia por el riesgo y la inspiración bien entendida), lo cierto es que gozaron de una espontaneidad sublime. Fue un privilegio presenciar este acto de absoluta creatividad, como tal irrepetible. A lo largo del segundo movimiento pudieron apreciarse variaciones y otras florituras con la mano izquierda, una práctica que el mismo Mozart se permitía en su papel de solista-director (¡de ahí la pobreza de la escritura musical, Mr. Gould!). El rondó final destacó por su vivacidad; la orquesta alcanzó entonces uno de los mejores momentos de la velada. Por alguno de esos misterios tan de nuestro tiempo el publicó no aplaudió al intérprete invitado lo suficiente como para que ofreciera un encore solista. Resultó hasta cierto punto lógico, pues Brautigam renunció en todo momento a la afectación pseudoespiritual para realizar una lectura equilibrada y sobria (profundamente clásica) con su instrumento de época, rehuyendo así las técnicas que tienden a encandilar por su fácil emotividad. Fue un desafío doble, el suyo, al tratarse este concierto de una de aquellas obras consideradas como prerrománticas por aquellos que gustan de leer la historia del revés. Una constatación más -triste o no, que cada uno juzgue según su criterio- de que buena parte del público sigue (y por un tiempo todo parece indicar que seguirá) prefiriendo el Chopin de Lang Lang al Mozart de Ronald Brautigam.
Durante la segunda parte la orquesta Tafelmusik ocupó toda la atención, se erigió en protagonista para brindar una interpretación convincente de una de las últimas sinfonías compuestas por Franz Joseph Haydn, la Sinfonía nº101, 'El Reloj'. Se repitieron los modos interpretativos de la primera parte, aunque pudo apreciarse una mayor entrega. Fueron brillantes, realmente llamativos los pasajes que han dado sobrenombre a esta sinfonía, en el curso del Andante: un tiempo perfectamente medido, con una sincronía y delicadeza típicamente dieciochescas. Téngase en cuenta la pasión, la profunda admiración que se profesó en aquella época por los engendros mecanizados, sintomáticos de una nueva relación del hombre con la naturaleza. Volviendo a la interpretación del Palau, debe decirse que, muy a pesar de la búsqueda de la mencionada autenticidad interpretativa, se repitieron, como en la primera parte, algunas imprecisiones notables, y esta vez no sólo en las cuerdas. Las maderas erraron en dos ocasiones consecutivas, acertando sólo a la tercera en la dicción al unísono del mismo pasaje. Sin duda, una cuestión puntual, que no desmerece la gran actuación de Tafelmusik. Fue una segunda parte breve, que se completó con la interpretación fuera de programa del movimiento lento de la Sinfonía nº94 de Haydn, sinfonía conocida por el sobrenombre de 'La Sorpresa'. A diferencia de lo que sucede demasiado a menudo, el bis fue interpretado con verdadero arrojo, y no como una propina dada a disgusto.
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