Esencias del Jazz, de Bach a Piazzola

Jacobo Zabalo 21-12-2010

Richard Galliano Sextet

42è Festival Internacional de Jazz de Barcelona

Palau de la Música, 19 de noviembre de 2010

-El Festival de Jazz de Barcelona viene incorporando en los últimos tiempos propuestas eclécticas, que provienen de géneros tradicionalmente distantes, desde el flamenco a la música clásica. ¿Se pierde de este modo la esencia del jazz? Una pregunta evidente, pero que apenas nadie se plantea en este Siglo XXI, seguramente con razón. Se cuenta que Louis Armstrong contestó con las siguientes palabras a un oyente que le habría inquirido por la esencia del jazz: "si usted necesita preguntarlo, lo único que puedo decirle es que nunca va a saber qué es". Diego Fischerman, quien recoge la cita en su libro Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular (Paidós, 2004), explica asimismo los orígenes sincréticos del jazz. Desde siempre jazz es fusión, género híbrido por excelencia, que nace y se alimenta de tradiciones de lo más variopinto (himnos religiosos, bailes franceses, canciones inglesas y por supuesto ritmos provenientes de África).

Ya en la sesión de Chick Corea, unas semanas antes en el marco del mismo festival, había quedado de manifiesto, con su elección de piezas para piano solo de Scriabin, que el jazz, y la música en general, se retroalimenta de los diversos estilos que han proliferado desde tiempos inmemoriales. La adaptación jazzística de aquellos otros estilos supone un determinado modo interpretativo, más dúctil y espontáneo en los fraseos, abierto a la improvisación en vivo; algo que, de hecho, ya realizaban algunos intérpretes en  el Barroco. Una práctica cada vez menos frecuente desde entonces, reservada sólo al virtuoso; puede decirse de hecho que en la actualidad se encuentra casi extinta en la música clásica (salvo contadas excepciones: Ronald Brautigam me explicó que en su última intervención en el Palau la cadencia del Concierto para piano nº 20 de Mozart había sido improvisada), siendo en cualquier caso una práctica más bien exclusiva del jazz.

Uno de los primeros en explorar la mutua relación entre géneros, en abordar composiciones clásicas desde un modus operandi manifiestamente jazzístico fue Jacques Loussier, pianista, formando un trío junto con Christian Garros (batería) y Pierre Michelot (contrabajo) allá por los años sesenta del pasado siglo. Plasmado en una serie de varios LPs, el resultado de sus incursiones en la obra de Johann Sebastian Bach, el compositor cuya música "est la plus susceptible d'être swinguée", según se informa en la contraportada de uno de sus discos (en inglés, asimismo, se dice significativamente que Bach "can be swing most satisfactorily"), logró complacer tanto a los amantes del jazz como a una parte de los consumidores de música clásica. Desde la otra orilla, de la clásica a la libertad interpretativa del jazz, cabe decir que el contrapunto pujante y los ritmos frenéticos con que Glenn Gould atacó algunas de las obras para teclado son otro argumento a favor de la más que posible jazzificación de Bach. Cierto que Gould tenía poco de jazzman, pero quizá menos todavía de concertista clásico.

Bastante tiempo después, ya a finales del siglo XX, se realizaría una fusión de géneros meritoria y ciertamente innovadora, que como tal merece ser mencionada: el pianista americano Uri Caine alcanzó en su primera grabación dedicada a Mahler, Urlicht/Primal Light (grabación en que colaboraron nombres como Don Byron o Arto Lindsay), cotas de creatividad ni siquiera alcanzadas por él y su ensemble en las subsiguientes versiones de Bach, Mozart o Schumann. En todas ellas, no obstante, late una misma intuición poderosa: que la música clásica está tan viva -o más, incluso- que cualquier otra, y que el jazz es un medio idóneo para insuflarle vida allende los sacrosantos recintos que se acostumbran a reservar para una ejecución que en demasiadas ocasiones resulta museística, acartonada en su respeto a modos interpretativos inevitablemente pretéritos. Por supuesto, la fusión de géneros puede asimismo acabar creando engendros de dudoso gusto. Un caso paradigmático (de un kitsch apasionante, casi enigmático) es el de los Klazz Brothers. Tres de los miembros de este conjunto son alemanes, mientras que el resto de colaboradores tienen ascendencia cubana. Su propuesta -se puede imaginar ya- es dotar de ritmos tropicales a la música clásica. En sus recientes versiones de Mozart, Beethoven o Bach reaparece por momentos aquel swing de Loussier, pero también el tempo azucarado del bolero o la sensualidad festiva del calypso. Lo sorprendente del invento es que mientras que algunos de los temas rayan con el absurdo, otros, puntualmente, revelan aspectos inadvertidos de las composiciones originales, que se confirman clásicas desde una perspectiva completamente otra, valederas (por hermosas o bailables, lógicas en cualquier caso desde el punto de vista rítmico) más allá de las circunstancias que las vieron nacer.

-En el concierto del Palau de la Música Catalana, dentro del Festival de Jazz, el sexteto dirigido por Richard Galliano (compuesto por dos violines, una viola, un violoncelo y un contrabajo, además del acordeón en el papel solista) se presentó un programa centrado prioritariamente en las figuras de Bach y Piazzola. El título del evento no pudo ser más representativo, pues se ofreció sin solución de continuidad la propuesta de ambos compositores, como si en efecto hablaran el mismo lenguaje. Existe al menos un precedente de la relación de Piazzola con la música barroca: son conocidas las versiones porteñas que realizara de las Cuatro estaciones de Vivaldi, y lo cierto es que la música del argentino goza de esa espontaneidad sensorial, esa inmediatez llena de vida que encontramos asimismo en el compositor veneciano. En la presente ocasión la cuerda se tensó entre el Bach de los conciertos para violín y clave, seguramente el más ligero, y algunas de las piezas emblemáticas de Piazzola. Contra lo que pudiera imaginarse, las obras de uno y otro no se intercalaron, sino que la sucesión fue en buena medida cronológica. Una lástima, pues se perdió la ocasión de enfatizar todavía más un diálogo de por sí fecundo. Se hubiera evitado asimismo una situación poco óptima; y es que el público no dudó en aplaudir entre los movimientos de los conciertos para acordeón artificiosamente creados a base de movimientos rápidos y lentos de las composiciones bachianas.

La ejecución de las obras, fiel a la partitura en lo fundamental, gozó no obstante de aquella flexibilidad más característicamente jazzística, con tempi coherentes en todo momento. Las cuerdas acompañaron con solvencia y -por qué no decirlo- incluso con atrevimiento al solista, cuya interpretación llenó de luz el escenario y llegó a todos los rincones de la sala. Fue una actuación enorme, de respiración amplia y colorido potencialmente inacabable, incluso cuando Galliano blandió su minúsculo acordeón de boca para interpretar la animosa badinerie de la segunda suite orquestal de Bach (archiconocida y sin embargo deliciosa melodía para flauta, de gran virtuosismo), en uno de los muchos bises que regaló el sexteto. Mención especial -puestos a destacar momentos estelares del concierto- a la meditativa versión de la tercera Gnossienne de Satie; una pieza minimalista, enormemente rica en matices en la versión del Galliano Sextet.

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