La pólvora, para el final

Jacobo Zabalo 11-10-2010

OBC; Giovanni Antonini, dir.

L'Auditori, 1 de octubre de 2010

-Volvió dos años después Giovanni Antonini, líder del conocido conjunto Il Giardino Armonico, para dirigir a la OBC tras el reciente estreno de la temporada sinfónica, el fin de semana anterior. Con un Shostakovich potente todavía en la memoria auditiva, se nos presentó un programa muy alejado del repertorio contemporáneo, un programa que pretendía reseguir la culminación y finiquito del Barroco en el seno de la familia Bach hasta su plenitud Clásica, con la producción de Joseph Haydn.

Las expectativas eran considerables dado el buen nivel de la orquesta y el magnífico trabajo realizado por el director invitado en ocasión del último encuentro (especialmente con su soberbia interpretación de la Sinfonía nº38, "Praga", de Wolfgang A. Mozart). En la presente, sin embargo, el comienzo difícilmente pudo ser más decepcionante. Tuvo lugar una regresión a tiempos pasados, a un modus operandi que se creía desterrado para siempre. La primera Suite orquestal de Johann Sebastian Bach sonó vacía, insustancial, un mero calentamiento o ensayo para la ejecución propiamente escénica: falta de intensidad, imprecisiones, inexpresividad,... y la concertino completamente desaparecida. Una pieza como esta, que requiere de la intervención solista de todos los ejecutantes especialmente si es interpretada con modos historicistas (como son los de Antonini), sonó a puro aburrimiento, con una apatía en las cuerdas y un mecanicismo, el del clavicordio, que hacía imposible adivinar que en efecto la suite representa una serie de danzas. Precisamente fue todo un poema ver a Antonini mesarse el pelo discretamente, con bien disimulado nerviosismo, tras la interpretación de la Obertura que da pie a ese seguido de bailes tradicionales. La cosa apenas mejoró, aunque las maderas (dos oboes y fagot) en primera fila realizaron algunas intervenciones de mérito.

Todavía en la primera parte, se interpretó la Sinfonía nº3 en fa mayor de Carl Philipp Emanuel Bach, obra que según se desprende de las páginas del programa de mano es, por su subjetivismo a lo Sturm und Drang, precursora del Romanticismo. Una vez más, me pregunto -a título personal- de qué sirven este tipo de afirmaciones. Básicamente confunden al lector proporcionando la creencia en una evolución histórica que -por otra parte- es cuestionable. Poco (algo sí, evidentemente, pero "poco") tiene que ver la vehemencia del Sturm und Drang con la exploración del pathos que tiene lugar durante el Romanticismo. En cuanto a la cuestión del subjetivismo, también habría unos cuantos matices que hacer, si es que en efecto se quiere hablar de ello en un libreto informativo. Pero, volviendo a la interpretación musical -el asunto que realmente nos interesa después de este lapso de lectura forzada, realizada por aburrimiento durante la suite-, lo cierto es que la versión de la sinfonía de Carl Philipp Emanuel Bach fue mucho más lúcida, precisa y equilibrada. Hubo mayor arrojo en las cuerdas, una rotundidad notable en el curso de la interpretación. El quinto hijo de Bach se adentra en un camino inexplorado por su padre con la búsqueda de una expresividad espontánea, de un equilibrio más basado en la melodía y la construcción de la frase que en la polifonía y el contrapunto. La interpretación de la OBC fue convincente desde el comienzo, en flagrante contraste con la primera pieza. Un tercer salto de calidad se produciría después de la pausa, con la interpretación de la Sinfonía nº102 en si bemol mayor.

La antepenúltima sinfonía del catálogo de Haydn es una pieza relativamente frecuente en los auditorios. Incorpora una serie de recursos y cambios de registro inesperados que la hacen sumamente atractiva. En la ocasión que nos concierne, supuso la culminación de una velada venida a más. La orquesta dirigida por Giovanni Antonini alcanzó una excelente sonoridad de conjunto, evidenciando una gran comprensión de la escritura musical. Las cuerdas mejoraron por lo general su rendimiento, si bien por encima de todos brilló el primer violonchelo. El adagio fue todo suyo. Con una actitud muy distinta a la de la primera parte, la orquesta abordó el tercer movimiento, el minueto, con una fantástica mezcla de furia y lirismo, y por un momento la sala grande del Auditori pareció transformarse en un lugar óptimo para el baile. Antonini quemó las naves en el finale, no había vuelta atrás para una batalla que ya estaba ganada. La pólvora se había hecho esperar, tras un comienzo dubitativo, pero volvió a surgir efecto. Fue una segunda parte breve, de apenas veinticinco minutos, y no obstante espléndida. Nos quedaremos -eso sí- con la incertidumbre de saber si hubiera habido continuidad en el bis que parecía dispuesto a ser interpretado, de no haber sido por la ya clásica desbandada de buena parte del público.

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