Lo que pudo haber sido y no fue

Serena Vera 04-01-2010

Numeralia, de Comediants

Teatre Romea

Hace unos días fui con mi hija a ver el espectáculo que Comediants está presentando en el Teatro Romea. ¡Ah, qué cosa extraordinaria entrar en un teatro! Observar como el público, entre ellos tú, va entrando poco a poco tratando de ubicar sus lugares. ¡Ve corriendo a hacer pipi que dentro de poco va a comenzar! De nuevo acomodarse y disponerse a la sagrada espera que sólo dura unos minutos antes de que se abra el telón. Pero el telón no se abrió, no había.
En medio de la oscuridad se dejaba entrever el escenario: tres módulos cuyos descoloridos colores no dejaron de ser menos cuando -"Ay, ya está"- se encendieron las luces. Todos con los ojos bien abiertos, las caras brillantes de alegría, esperando lo que venía.
Los actores vestidos de enfermeros comenzaron a representar, entre la escenografía y bajo una proyección azulada que producía cierto ambiente misterioso, el nacimiento de un niño: "Iu", un personaje cuyo vestuario agobiante -una especie de armadura blanca de goma espuma- es el hilo conductor de la obra y su papel es el de encarnar las distintas etapas de un ser humano.
Los actores deberían estar ya convencidos de lo difícil que es representar a un niño. Generalmente el esfuerzo sale fatal y en esta ocasión no pasó lo contrario: lo único que nos mostraba que "Iu" era un niño de siete años -justamente la edad que tiene mi hija- era un número que le colgaban sus compañeros a aquel pálido traje (como lo hicieron en lo sucesivo para indicarnos la edad que representaba el personaje).
Un niño de siete años no está lleno de "por qué(s)" sino de extraordinarios descubrimientos. El adolescente no era mucho mejor y el adulto, a pesar de la cercanía con la edad del actor y con la de los padres que allí estábamos, no encontraba mucha identificación; y del viejo qué podíamos esperar: ¿la sabiduría? ¿la plenitud? No, había llegado el final del espectáculo con la palabra "muerte" en los labios del actor aseverando la fatalidad ("todos vamos para allá es la ley de la vida") pero el libretista no se tomó el tiempo para explicar también que la muerte es indispensable para que nazcan nuevos seres, nuevas creaciones, nuevas ideas, para que vuelva la fe.
Entremedio, canciones excelentemente interpretadas, sombras chinas, una pantalla-persiana que servía de proyección de los audiovisuales y por donde aprovechaban para sacar algunos elementos de la utilería, recursos escénicos interesantes, soportes tecnológicos imaginativos pero ¿y el guión?
Finalmente los números sirvieron, además de para contar los años, para medir la temperatura, numerar las casas de una calle, etc., contar, sumar, restar, multiplicar. Estamos absolutamente familiarizados con esta clase de números... ¿y la magia del CERO? El caos, la nada, lo latente ¿y la del UNO? La unidad, la fusión de dos seres en el amor ¿y la del Dos? La oposición de las fuerzas, la luz y la sombra, el bien y el mal ¿y la del 7 y la del 9 y la del 13?, nada de esto se vio allí.
El teatro sigue siendo un lugar sagrado, maravilloso, revelador. Hay que volver al teatro, como si esto que acabo de contar no hubiese pasado nunca porque en la mayoría de los casos siempre nos sorprende y en algunos casos hasta podemos llegar al punto máximo, a uno de los objetivos primitivos que lo ligó eternamente a las necesidades de la sociedad: la catarsis.

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