Magistral Berg. La Filarmónica de Nueva York, finalmente

Jacobo Zabalo 27-01-2010

Palau de la Música, 21 de enero de 2010

Obras de Haydn, Adams, Schubert, Berg

Orquesta Filarmónica de Nueva York

Alan Gilbert, director

Tras varios, seguramente demasiados años de ausencia se dio cita en el Palau de la Música una de las orquestas con más historia. La Filarmónica de Nueva York no sólo estrenó en su momento obras tan emblemáticas como la Sinfonía "Nuevo Mundo" de Antonin Dvorak o Un americano en París de George Gershwin, sino que ha sido dirigida por figuras fundamentales para entender los derroteros de este arte en el siglo XX (Gustav Mahler, Arturo Toscanini, Igor Stravinsky, Bruno Walter o Leonard Bernstein, entre otros). Con estas credenciales no puede no ser noticia la reciente designación de su nuevo director, Alain Gilbert. Un nombre poco conocido para el gran público, que demostró oficio y buenas maneras en su estreno barcelonés.

La Sinfonía nº49 en fa menor de Haydn, distinguida con el ambiguo sobrenombre "la Pasión" (probablemente otorgado por el contexto religioso de su ejecución y no tanto, a pesar de su carácter sombrío, por cuestiones temáticas) recibió en cualquier caso una lectura muy equilibrada. La orquesta se mostró sutil, atenta a los detalles y veladuras de la partitura. Evidentemente fue mérito del director el lograr, con un conjunto tan numeroso, el efecto de liviandad. Aunque sin el aroma de una orquesta de época, se ofreció una visión convincente, apasionada pero con moderación aristocrática y un gusto clásico, plenamente dieciochesco. La Filarmónica de Nueva York prescindió para esta interpretación de todo rasgo idiosincrático, lo cual revirtió positivamente en la partitura como una característica de la época involucrada, época que el tópico connota como Sturm un Drang (corriente artística que puede ser traducida como "tormenta e ímpetu") pero que se enmarca a pesar de todo en pleno s.XVIII, alejado del verdadero caudal de pathos que se desbordará en el XIX, inaugurado en buena medida por Ludwig van Beethoven.

El salto que se dio con la interpretación de la segunda pieza, composición de John Adams (nacido en 1947) sobre un poema de Walt Whitman, The Wound Dresser, parecía a priori monumental. Y sin embargo la ruptura no fue tal. La pasión de la que se habló entonces, ya sin connotaciones o referencias religiosas, fue la del tremendo sufrimiento que el propio Whitman presenció al ejercer de enfermero durante la guerra civil norteamericana. De forma explícita el poema incurre en dolorosas repeticiones temáticas, recogidas ya en el título. El acto de vendar, una y otra vez, para que sanen las heridas que se reencuentran en diferentes, en mismos jóvenes, se reprodujo musicalmente con un tema recurrente, un moto perpetuo hiriente en su armonía. ¿Cómo entender el aspecto agradable de esa melodía (típica de John Adams) que se adereza por trompetas lejanas? La respuesta la proporciona el poeta, al final de su composición: Some suffer so much, I recall the experience sweet and sad (many a soldier's living arms about this neck have cross'd and rested, many a soldier's kiss dwell on these bearded lips). Se despierta, agridulce, el amor del poeta; amor por la humanidad, por la juventud o incluso por los jóvenes, llenos de vida, que la pierden de forma absurda en el campo de batalla. Con la esperada eficiencia, el tenor Thomas Hampson puso voz al lamento celebrativo, mientras que la orquesta, muy cómoda con la partitura del compositor norteamericano, declamó a los cuatro vientos este himno siniestro y hermoso.

Tras la pausa el concierto se retomó con la ejecución de la sinfonía Inacabada de Franz Schubert, una de las obras más populares del repertorio clásico. Fue una interpretación seria, majestuosa, que evidenció la solvencia técnica de los músicos de la Filarmónica de Nueva York, por lo general muy jóvenes. Aunque lo mejor estaba todavía por llegar, el director logró extraer un sonido bello y potente, buscó y halló la respiración fluida y entrecortada que caracteriza a esta pieza. Una gran tensión dramática la impregna de comienzo a fin, y resulta ciertamente difícil evolucionar los materiales, gestionarlos de forma a provocar ese torrente de sentimiento que el propio Schubert, por algún motivo, no completó en vida. A pesar de ello, hay quien ha escrito acerca del carácter completo, cerrado sobre sí de la sinfonía; más allá de lo acertado o desacertado del juicio, no hay duda que las grandes obras parecen incluso trascender las condiciones de su propia composición, limitaciones que las encumbran todavía más (en mente de todos estará el Requiem de Mozart).

La última de las obras programadas supuso, finalmente, una experiencia musical fuera de lo común. Las Tres piezas para orquesta, op.6, de Alban Berg colmaron las expectativas del oyente que esperara encontrarse con una interpretación sobresaliente, una interpretación que explotara al máximo las posibilidades de la orquesta invitada. Todos los recursos se pusieron en juego y también, para ello, todos los efectivos disponibles (pudo verse como dos violinistas ocupaban prácticamente el pasillo que bordea con el escenario, al lado mismo de los primeros palcos). La música de Alban Berg no sólo debe mucho a Schoenberg, e incluso a Mahler. Posee una genuina y comunicativa espontaneidad, una lógica aplastante, que nada tiene de mecánico, previsible o aleatorio. La disonancia se incorpora con naturalidad, exenta de afectación o intelectualismo, y logra entenderse, en su desafío constante, con la armonía tradicional. Las Tres piezas para orquesta (Präludium, Reigen y Marsch) componen un tríptico que explora y desborda, que sobrecoge y anega la propia capacidad auditiva. Así, por referir tan sólo el final, los ritmos binarios del tercero movimiento llegaron a romperse llevando al extremo la audición, también en términos de volumen: un instrumento percutor enorme, con evidente forma de martillo, sentenció el paso, el caminar ya imposible por los caminos trillados de la complacencia musical. Y a pesar de todo, seguramente gracias a ello, fue todo un placer.

Con tan contundente final, el bis que se ofreció (propina inusual en el caso de grandes orquestas, o interpretaciones sin solista) quedó como diluido. Doble sorpresa, este tímido pero evidente anticlimax, al tratarse de la obertura Egmont, que como se sabe es todo un ejercicio de escalada, hasta la (casi rossiniana) explosión final. Alan Gilbert se mostró quizá demasiado generoso, completando un programa muy coherente, y de por sí completo. La orquesta no pudo mantener el nivel interpretativo, tras vaciarse con las piezas de Berg, y a pesar de lo correcto de su lectura incurrió en alguna inconsistencia en términos dinámicos, así como ligeros pero perceptibles deslices solistas (flautas y trompas). ¿Valió la pena esa interpretación extra? ¡Eterno -y bendito- el dilema de los encores!

 

Fotografías de Antoni Bofill

    L'enquesta

    Carregant...

    Em critiques?

    Fas un concert i t'agradaria que un dels nostres crítics vingués a escoltar-lo? Omple el formulari!