Makoto Ozone, creatividad desbordante

Jacobo Zabalo 09-07-2012

Orchestre de Chambre de Paris; Makoto Ozone, piano; Ruth Killius, viola; Thomas Zehetmair, violín y dir.

L'Auditori, 29 de mayo de 2012

-Cuando sucede que uno no sabe por dónde empezar la reseña de un evento musical,... la cosa interesa. Para bien o para mal, es síntoma de que lo acontecido no se pliega, no se amolda gustosamente al cauce de lo acostumbrado. Tanto más sorprendente resultó el hecho en la presente ocasión en la medida de que el rechazo de la calzada real, demasiado a menudo realizadora de lo aceptable, se realizó mediante la interpretación de obras en su mayoría clásicas, por tanto a priori escasamente novedosas o desafiadoras del gusto establecido. Más bien al contrario, si algo abunda en la sinfonía de Haydn La reina de Francia, favorita -en efecto- de la mismísima María Antonieta, es la galantería, la moderada dosificación de una agitación emocional, un picante sugerido a base de contrastes tímbricos y cambios de ritmo. Aún así, pese a lo efectista de la partitura el conjunto invitado en el marco del ciclo de la OBC, la Orchestre de Chambre de Paris, ofreció bajo la dirección del violinista Thomas Zehetmair una lectura vívida, de lo más interesante.

Fue una delicia presenciar de obertura una versión tan trepidante, ejecutada por un conjunto que ha adoptado ejemplarmente modos de interpretación sensibles a la época de composición de las obras programadas. Pero lo que realmente fue sensacional, digno de escuchar en directo, fue -ya en la segunda obra- la prestidigitación improvisadora del pianista japonés, quien no se contentó con realizar las pertinentes, cada vez más usuales variaciones sobre el texto de la partitura mozartiana (de acuerdo con la praxis del propio compositor), sino que arriesgó lo indecible en la experimentación jazzística de las cadencias, realizando asimismo puntuales pero sustanciales modificaciones -hasta cierto punto parece ser que improvisadas- a lo largo de las intervenciones reservadas al conjunto orquestal, conjunto muy flexible y necesariamente atento a la desbordante creatividad del intérprete. Algunos de sus componentes, incluido el director Thomas Zehetmair, no pudieron disimular la perplejidad ante la retahíla de modulaciones y quiebros, salidas y entradas de la tonalidad o pulsaciones en perfecta, como improvisada ráfaga; fuente inagotable de variaciones sobre unos temas, los del Concierto para piano nº9 de Mozart, que parecen invitar a todo ello (al tratarse de una pieza de juventud, repleta de guiños y sorpresas que en sí mismos ofrecen ya una excelente ocasión para el lucimiento del intérprete y el disfrute del oyente).

Makoto Ozone fue en cualquier caso más allá de lo previsible. Tanto, que más de un oyente podría haberse quedado en el camino, preso de lo musicalmente correcto. No hubieron de ser muchos, de todos modos, pues aun con lo aventurado de su interpretación el público tuvo la delicadeza de mostrarse satisfecho; y el pianista, que creyó a pies juntillas en la satisfacción de aquél, le correspondió con un encore largo y declaradamente jazzístico. El atrevimiento de intérpretes como Ozone es algo que, por poco frecuente que sea, nunca se agradecerá ni valorará lo suficiente. Merece la pena vivir esta suerte de episodios en primer lugar por el gozo que generan, pero también por una razón menos evidente: a pesar de su arriesgada navegación entre estilos y modos interpretativos, al ser ejecutados con tanta calidad alcanzan ineludiblemente la fibra sensible del oyente, llegando por tanto a asombrar incluso a muchos de quienes acostumbran a parecer conformados en su conservadurismo musical, con las miras puestas en la música oficialmente de calidad (que como tal no requeriría ni revisión ni implicación en su valoración, algo que por cierto sí requiere, e incluso demanda vivamente el jazz).

Tras semejante explosión de creatividad, diluida por la acción mediadora de la pausa y sosegada después de la misma por la Sarabande de Claude Debussy (en orquestación de Maurice Ravel) el conjunto invitado, la Orchestre de Chambre de Paris, dio pie a una lucida lectura de una de las piezas más hermosas de cuantas compusiera Wolfgang A. Mozart. La Sinfonía concertante, Kv 364, composición para violín y viola, agrada en primer lugar  por el memorable diálogo inter pares que establecen los instrumentos solistas, y que ha conocido lecturas tan emblemáticas como la brindada por David Oistrakh y su hijo Igor, a quien en diversas ocasiones cedió el privilegio de empuñar el instrumento que lo entronara como uno de los mejores intérpretes de todos los tiempos. En la presente, Thomas Zehetmair, habiéndose mostrado máximamente amable y dúctil como director en el otro concierto mozartiano (además de fiable y riguroso en la coherencia de los tempi), se armó de su instrumento, el violín, para interpretar junto a Ruth Killius, viola, una sensacional versión de la Sinfonia concertante. La complicidad entre ambos fue total, así como el entendimiento con la orquesta, especialmente viva y brillante en sus prestaciones por su dimensión camerística. Con el Rigaudon de la suite Le tombeau de Couperin de Maurice Ravel (pieza fuera de programa, brindada a modo de bis) se completó una velada extraordinaria, redonda como pocas.

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