Meterse en un jardín

Jacobo Zabalo 20-10-2012

Il Giardino Armonico; Giovanni Antonini, dir.

L'Auditori, 17 de octubre de 2012

-Lo que a priori parecía una idea excelente, el pasar unos días de grabación en el Auditori con el colofón de una actuación en directo, se torció de la forma más imprevisible, o quizá no tanto. Nunca se podrá determinar y en el fondo es baladí especular. El caso es que programar la grabación de un motete por día fue demasiado para la laringe de la joven Julia Lezhneva, por bien arropada que estuviera por el consagrado conjunto de Giovanni Antonini, Il Giardino Armonico. Llamativo resulta el hecho que una hora antes no había rastros de modificación en el programa de la web del Auditori, mientras que algún periódico ya se había hecho eco en su versión digital.

No sabemos aún qué tal sonará el registro discográfico -seguro que estupendamente, teniendo en cuenta la calidad de los intérpretes-, lo que sí sabemos es que por cumplir un programa se tuvo que reformar casi por completo el otro, eliminando del mismo todas las composiciones vocales. Y así nos quedamos, a tan sólo unas horas vista, con las ganas de escuchar los dos motetes de Händel, es decir, algunas de las obras grabadas por la soprano los días antes, y el encantador Exsultate Jubilate, composición juvenil de Mozart que evidencia ya una gran habilidad en el tratamiento de la voz. Sustitución no menos lamentable que la de aquellas otras piezas, pues a pesar de que el repertorio de Antonini es mayormente barroco su Mozart es intenso y vibrante (pudo comprobarse hace unos años, con una magnífica versión de la nunca suficientemente valorada Sinfonía Praga). Nos quedamos pues sin Mozart, y en su lugar se programaron las demasiado repetidas piezas virtuosas para flauta y flautín, instrumentos predilectos del director, entre las cuales una vacua versión del Concierto en si bemol mayor de Händel, concierto que junto a las dos flautas otorga al arpa solista un papel principal. Puede no tratarse de una pieza de mucha enjundia (más empaque tiene, pese a su ligereza un tanto edulcorada, el concierto de Mozart para flauta y arpa, un recambio que sí habría estado a la altura de las circunstancias) pero, con todo, la interpretación de la voluntariosa arpista dejó demasiado que desear. Se escogió una obra menor como para facilitar el frenesí de reemplazos en el programa, y consiguientemente la prestación de la solista resultó menos que menor, sin tempo ni fluidez alguna en su tañer.

Momentos álgidos, interpretados con ímpetu y rigor, correspondieron a la composición de Francesco Geminiani sobre el tema de La Follia y a la versión de la sinfonía La Passione de Joseph Haydn, perteneciente a la época que se conoce como Sturm und Drang en su opus; una sinfonía que llegó demasiado tarde, y no tanto por la extensión de las obras programadas antes cuanto por la pérdida de tiempo debida al constante vaivén en los cambios de efectivos de la formación, que anularon en perfecta solución de continuidad la agilidad del evento. Por si fuera poco, el bis que se brindó fue más de lo mismo: una versión abreviada de la obra de Geminiani, que consta del tema en cuestión con variaciones. Qué sentido pueda tener repetir la repetición -algunas de sus variaciones, se entiende, por gozosas que se antojen- es algo que desgraciadamente no estamos capacitados para aclarar. Cierto que un servidor no acostumbra a ser muy partidario de los encores, salvo contadas excepciones. En este contexto, metidos en un jardín, sonó a completo despropósito.

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