Jacobo Zabalo 20-04-2010
Orquesta Filarmónica de Dresde
Josep Colom, piano; Rafael Frühbeck de Burgos, director
L'Auditori, 12 de abril de 2010
Temporada Ibercamera
Volvió el maestro Frühbeck de Burgos al Auditori, en este caso con la Orquesta Filarmónica de Dresde, una orquesta ágil y solvente, compuesta en buena parte por intérpretes jóvenes. Con mucho brío comenzó el concierto, y así la interpretación de la Suite española de Isaac Albéniz, orquestada por el propio Frühbeck de Burgos, recibió una lectura brillante. El primero de los movimientos, Sevilla, supuso un estallido de alegría, sin duda la mejor forma de iniciar la velada. La versión interpretada rehuyó los tópicos fáciles, a pesar de la familiaridad de melodías como Granada, segundo movimiento, al proporcionar el director una visión más moderna y menos estampa, en la línea de un Falla. Precisamente este otro referente de la música española fue programado a continuación. Para la interpretación de las Noches en los jardines de España se contó con la participación de Josep Colom al piano, un intérprete reconocido y con trayectoria, que no obstante estuvo discreto en su papel solista. Evidentemente, no se trata esta obra de un concierto para piano, pero el énfasis en el aspecto evocador de la pieza, quizá exagerado, diluyó su presencia. Contra todo pronóstico, fue un Falla monótono, en el mejor de los casos contemplativo.
Hay pocas sinfonías más célebres y programadas que la segunda de Brahms. Desgraciadamente la recurrencia entraña, en no pocos casos, una cierta vulgaridad interpretativa; y eso que el estándar no es precisamente alto, en nuestros tiempos. Para muestra, la versión dirigida por Zubin Mehta esta misma temporada, una versión monolítica y marcial, sin matices ni profundidad de ningún tipo. Hacer un Beethoven fuera de lugar parece estar ya -con razón- estigmatizado, pero las modas autenticistas y lo positivo de tal corriente no han llegado al repertorio romántico (salvo contadas, muy afortunadas excepciones: Gardiner). Siendo el romanticismo el movimiento de la exacerbación sentimental, demasiado a menudo confundida con lo espiritual, parece que cualquier aproximación es legítima. Ciertamente, no hay nada más legítimo que la coherencia interpretativa y ésta puede hallarse, en el campo del arte, incluso en los extremos. El problema surge cuando no hay un posicionamiento, una intención clara, dictada -como ha de ser- por el director.
Sin caer Frübeck de Burgos en esa lamentable tesitura (pues demostró su buen hacer como director, con un resultado de conjunto notorio) la lectura ofrecida adoleció de una cierta falta de contundencia en determinados pasajes, más livianos y ambiguos en su tratamiento de lo que la escritura orquestal invita a pensar. Sorprendió, así, comprobar la tendencia a la descoordinación de las cuerdas, con ataques dubitativos. Resultó desconcertante escuchar esos pasajes poco definidos y opacos, sobre todo teniendo en cuenta la brillantez de otros. Porque en efecto hubieron momentos de gran calidad, algunos de ellos decisivos, como el complicado final del cuarto movimiento (Allegro con spirito), que fue deliciosamente medido, con un sorprendente rubato en el toque de metales que anuncia el arrebato final. Gustó bastante este Brahms irregular, no del todo sobrecogedor, lo cual propició que se interpretaran dos animosos bises, extraídos nuevamente del repertorio español. El clima alcanzado, logrado a duras penas con la segunda sinfonía de Brahms se esfumó al momento. Fue un modo de seguir la estela de la primera parte, sólo que abundando en los aspectos más efectistas del folclore, con la interpretación del Intermezzo de las Goyescas de Granados. Una celebración ligera, muy aplaudida por el público, en flagrante contraste con el severo lirismo de la música de Brahms, con que la Orquesta Filarmónica de Dresde dejó patente su enorme potencial.
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