Un Schubert total, sin concesiones

Jacobo Zabalo 05-10-2012

Paul Lewis, piano

Palau de la Música, 3 de octubre de 2012

Temporada Ibercamera

-Hay casos en los que el mistificador reduccionismo entre bien y mal, más propio de sectas maniqueas, se evidencia extrañamente operativo. Luego, por supuesto, vienen los matices, que maquillan o justifican la decantación binaria. Lo cierto es que cuesta horrores sustraerse a una impresión cuando ésta nos golpea despiadadamente, o por sorpresa.

La decisión de programar las últimas tres sonatas para piano de Franz Schubert puede parecer a priori excelente, pues son piezas intrincadas y extensas, de incontestable profundidad. Al mismo tiempo, no obstante, la complejidad de la escritura schubertiana de madurez (que alterna momentos amables, casi ingenuos, con otros que señalan patológicamente la irresolución, cuando no la falla espiritual, típicamente romántica) requiere en el oyente de una atención difícil de mantener a lo largo de hora y media de recital. La explícita afección de sus melodías, con repeticiones que parecen perpetuarse ad infinitum para repentinamente cancelarse mediante quiebros, silencios u otros giros inesperados, con alteraciones enajenadas en el tempo y arrebatos en la variable intensidad de la pulsación, entreteje un discurso que sólo se puede mostrar consistente -de una lógica inquebrantable- atendiendo precisamente a esa sensacional y bellísima fragilidad. Paul Lewis dio, en este sentido, una exhibición interpretativa.

Antes de acudir al Palau, y todavía con el pastel de versión de la última sonata schubertiana brindada no hace tanto por el celebérrimo Lang Lang en mente, un servidor se temió que la ocasión no entendería de términos medios. Insoportable multiplicar por tres aquel tedio; y gloriosa, en cambio, la posibilidad contraria, contraria al amaneramiento efectista del popular intérprete chino. Y esta vez la moneda cayó del lado de la autenticidad. El oyente pudo sentirse transportado. Incluso el Steinway reverberó, en las manos de Lewis, un sonido algo más denso y brillante, como de pianoforte decimonónico (escúchense, por ejemplo, las versiones de Andreas Staier), si bien con las ventajas evidentes que en una sala como la del Palau supone el instrumento moderno. El discurso en continuum de estas obras para piano fluyó como un cauce con sus cantos que eventualmente ruedan, interrumpen o saltan por encima de la corriente. Incluso aquellas interrupciones, aquellos silencios (que el público, a pesar de la constipación generalizada, respetó como nunca), sonaron rotundos dentro de ese fluir en tres momentos, el tríptico que representan las sonatas últimas, perfectamente comparables en su respectiva factura.

De la interpretación de Paul Lewis hay mucho y al mismo tiempo muy poco que decir, si uno tiene en cuenta que la famosa inefabilidad, la dimensión incomunicable de la experiencia musical se dio cita, por suerte, en la ocasión. Su Schubert fue ágil y espiritual, pujante, justamente afectado (con excesos bien medidos), y también inteligente, de una claridad meridiana en la polifonía que tuvo a bien en poner de manifiesto, en perfecta tensión con la homofonía que declama el piano en tantos otros momentos. Acreditó una gran sensibilidad Lewis en los pasajes introductorios y transiciones, mostrándose flexible y concentrado, tocando como para sí mismo... tal como acostumbran a hacer los mejores intérpretes. En la búsqueda de una coherencia propia su interpretación resultó, al cabo, de una ortodoxia aplastante, de una intimidad y virulencia que no dejó indiferente al público, que asistió atentamente a la celebración de la complejidad schubertiana. Una celebración total, y sin concesiones.

Tanto se vació el intérprete en la profundización y desentrañamiento del contenido y forma de las tres últimas sonatas para piano de Schubert, que no hubo lugar para los bises. Una decisión coherente.

 

Fotografia de Jack Liebeck

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