Una sensualidad apática, y su extraña transmutación

Jacobo Zabalo 05-11-2011

OBC; Antoni Wit, director

L'Auditori, 21 de octubre de 2011

-Otra de las efemérides que este bien nutrido 2011 invita a celebrar es el bicentenario del nacimiento de Franz Liszt. Este compositor atípico, pianista virtuoso y suegro de Wagner (se dice que generosamente le cedió el motivo para su Tristan), cultivó asimismo el arte del sinfonismo descriptivo, con obras como  Tasso, Lamento e Trionfo. Poema sinfónico nº2, y Los preludios. Poema sinfónico nº3, ambas programadas en la ocasión. Eso sería en la segunda  parte de un concierto que iría de menos a más.

Fue, en este sentido, una lástima comprobar el resurgimiento de un viejo vicio de la OBC, que se creía olvidado: la primera parte, y más concretamente la primera obra (ni más ni menos que la Obertura del Tannhäuser, enlazada con el episodio de la "Bacanal"), fue interpretada con una frialdad anodina, sin pizca de sentimiento o entrega por parte de los músicos. Especialmente ausentes se mostraron las cuerdas, y dentro de esta sección los violines. Fueron literalmente devorados por los metales, sin oponer demasiada resistencia o, cuanto menos, tratar de promover algo de la sensualidad que la partitura busca evocar. Pero nada, ni rastro de lujuria. No hubo "Monte de Venus" (Venusberg, en el original) ni maldición por una pecaminosidad con inevitables reminiscencias cristianas. Tampoco pudo intuirse la problemática erótico-artística (en el más genuino sentido platónico, recuérdese la expresión "procreación en la belleza", en El banquete) que Wagner pone en escena en la ópera. Poco pudo hacer Antoni Wit, director invitado, por remediar el entuerto. Este músico polaco, que ha realizado una serie de excelentes grabaciones (recomiendo los Conciertos para violonchelo de Shostakovich en Naxos, grabación no mencionada en el libreto informativo), demostraría su maestría en el resto de obras programadas.

La primera parte aún deparó otra sorpresa, si bien en este caso de signo positivo. Y es que fue un verdadero placer asistir a la interpretación de una de las pocas piezas sinfónicas compuestas por César Franck. Una obra de envergadura a pesar de su moderada extensión, cuyo título (El cazador maldito. Poema sinfónico) procede de una leyenda alemana, narrada por el poeta alemán G. A. Bürger. Además de los clásicos motivos, alusiones al mundo de la caza realizadas mediante los instrumentos pertinentes (trompas), esta pieza contiene pasajes fascinantes, donde Franck se confirma como un compositor de primer nivel, con una visión global de la melodía y una capacidad única para orquestar, de modo a completar la totalidad del espacio sonoro. El efecto que produce esta pieza, en que se alternan pasajes de un minimalismo brillante con otros de complejísima interrelación entre instrumentos y secciones, es majestuoso. Aunque probablemente a Franck le hubiera sonado a piropo, la vinculación de su modus operandi al de Wagner no parece aceptable; y no sólo por la profusión compositiva y las aspiraciones artísticas de este último, sino porque existe en la producción de Franck una idiosincrasia, una creatividad propia, comparable a la wagneriana sobre todo por coincidencias epocales. De hecho pudo ser Liszt, quien le aconsejó en sus inicios, una influencia mucho más decisiva que aquél.

Precisamente Liszt, a quien se dedicó el concierto, sería el protagonista de la segunda parte del concierto, una parte en que la OBC apareció como transmutada. Cierto que con la obra de Franck habían demostrado las secciones un mayor entendimiento, pero sólo tras la pausa se experimentó una plenitud realmente satisfactoria: entradas bien medidas, fraseos ágiles y atrevidos, excelente adaptación de los tiempos. Fue sorprendente comprobar cómo el cambio de actitud de los músicos, mucho más implicados (en apariencia más concentrados, también) en su labor, conllevó asimismo una interpretación incomparable. Mil preguntas surgen respecto de este cambio en la disposición, y una respuesta sencilla, que no por simplificadora deja de esconder una verdad: los ensayos, sean o no insuficientes, no están del todo bien programados (quizá por un exceso de compromisos de los componentes de la orquesta, o porque no se producen las rotaciones necesarias dentro del plantel titular), con lo que las obras se preparan de forma desigual: se suelen priorizar las segundas partes, en que la orquesta es protagonista absoluta. Cuando se trata de acompañar a un solista (en las primeras partes) la falta de preparación apenas se nota... pero no fue el caso del concierto en cuestión, que vino a revelar un antiguo problema, casi olvidado. Y es que, precisamente porque esta orquesta ha mejorado notablemente, en los últimos tiempos, no pueden ya permitirse esos altibajos, esa desigualdad en la preparación de las piezas programadas.

Comentaris

  1. J. Zabalo (07-11-2011 01:11):
    Muchas gracias, Patricia, por tu comentario. Evidentemente es bienvenido, aunque no puedo estar del todo de acuerdo. Coincido en que Oue hizo un buen trabajo en el pasado, pero la llegada de Pablo González, director titular, me parece una de las mejores noticias (de las pocas buenas, últimamente) para el oyente barcelonés. He tenido la suerte de asistir a varios de sus conciertos, en los que he podido percibir un atrevimiento y una coherencia poco frecuentes. Es un director joven y valiente, hay que dejarle trabajar.

  2. patricia garcía (05-11-2011 19:11):
    Esta Orquesta, desde que se fué Oue, esta cuesta abajo y sin frenos. El actual titular ha conseguido hundir el excelente trabajo del director japonés, en solo un año. Y de aquí la supuesta apatía de los músicos...........

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