Desafíos del equilibrio, desde el equilibrio

Jacobo Zabalo 15-07-2011

Symphonies 39 & 41, de W. A. Mozart

The English Baroque Soloists; John Eliot Gardiner, dir.

Soli Deo Gloria, 2011

-En la actualidad es John Eliot Gardiner uno de los directores de orquesta más sensibles a la complejidad de la alternancia emocional que se da cita en las últimas composiciones mozartianas. Al frente de sus English Baroque Soloists nos propone, en esta grabación en directo (9 de febrero del 2006, en el Cadogan Hall de Londres) una aproximación que no busca la originalidad en sentido estricto, o cuanto menos no de un modo rayano con el fundamentalismo autenticista de otros colegas. Promueve Gardiner la natural magia que emana de unas partituras que, incluso desde su época, parecen tener las miras puestas más allá. En este sentido, debe advertirse que los tempi son de una coherencia aplastante, no hay ningún capricho ni exageración en la búsqueda de aquella autenticidad interpretativa: fluye el discurso sonoro con una veracidad que se impone, inquebrantable, a pesar de las ligeras, puntuales y mesuradas libertades que hacen de la interpretación en vivo, efectivamente, algo vívido. Así por ejemplo el libre vuelo del clarinete  en el Menuetto de la Sinfonía nº39, perfectamente justificado por su protagonismo, o la potenciación agógica de ese fabuloso síncope que se produce y reproduce en el Finale de la misma sinfonía, y que halla una correspondencia inversa (ya no conclusiva pero igualmente sorprendente) en la inconmensurable apertura, el Allegro vivace de la Sinfonía nº41 que a continuación se interpreta. Una elección excelente programar, y por supuesto grabar, composiciones tan distintas y complementarias, que en cualquier caso ofrecen una visión profunda del Mozart maduro, evidentemente clásico en las formas pero no menos patentemente preocupado por la exploración de tonalidades y ritmos poco frecuentados.

La Sinfonía nº 39 es uno de los prodigios compositivos de Wolfgang A. Mozart, una de las obras más fascinantes por su riqueza cromática y la diversidad de unos tiempos que permiten articular, en los cuatro movimientos de que consta la obra, un tejido sugerente, repleto de sorpresas para el oyente. Podríamos estar horas tratando de describir -de un modo siempre insuficiente- los pormenores de una partitura como esta, una partitura clásica en lo formal pero manifiestamente abierta a desafíos que sólo muchos años después se desplegarán, ya como característicos del espíritu artístico, de la Estética del siglo XIX. Renunciando considerar a Mozart como un romántico avant la lettre (afortunadamente han quedado atrás las lecturas afectadas y grandilocuentes de sus sinfonías), debiera considerarse si el clasicismo de esta antepenúltima sinfonía, primera de la inigualada tríada final que culmina la 41, "Júpiter", no abre un camino nuevo, un tanto extraño, más allá del equilibrio preestablecido. Alfred Einstein, verdadera autoridad en el tema, muestra sus dudas respecto a una posible significación oculta, catalogándola de "obra misteriosa". Difícilmente comparable a sus anteriores composiciones sinfónicas (salvo, si acaso, la magnífica "Praga"), tampoco puede ser entendida a la luz de las de sus coetáneos más ilustres, incluido Haydn. El lenguaje que ensaya Mozart en la 39, en que abundan los claroscuros, alternándose los pasajes de sosiego con un alborozo sobrenatural, se encuentra emparentado con otra pieza magistral, como es su Don Giovanni (una obra, como se sabe, especialmente apreciada por los románticos). Asimismo grabada por Gardiner en el presente disco, la última sinfonía del catálogo mozartiano, aquella que precisamente lleva un sobrenombre divino, abunda, con una furia que transmite unas ansias de vida infinitas, en esa visión profundamente original que trasciende lo clásico, si bien desde el equilibrio intrínseco a la época y a sus modos compositivos. Escúchese, en este sentido, el Molto allegro final, movimiento fugado, apolíneo y dramático, que culmina la sinfonía iniciada con aquel otro Allegro vivace ardoroso y exultante (movimiento que parece comenzar siempre, de nuevo, aquello que no habría de acabarse nunca). John Eliot Gardiner extrae de su conjunto una sonoridad afirmativa y rotunda, en absoluto afectada o superficialmente espectacular. Algo mucho más importante: suena su versión como un desafío al destino, a la finitud; un acto de generosidad creativa que actualiza y vivifica la validez del sinfonismo mozartiano.

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